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domingo, 28 de diciembre de 2014

Mujer mala, mujer buena

Hace tantos años que ni siquiera se pueden contar, dos mujeres vivían en un pueblo maya de la península del Yucatán. A una de ellas todos la llamaban Xkeban, que quiere decir «la pecadora». A la otra le decían Utz-Colel, que quiere decir, «mujer decente».
La pecadora era muy hermosa. Todos los hombres la amaban, y ella los amaba a todos. Tenía una espesa cabellera negra y lacia, y con su dulce voz cantaba canciones para sus enamorados. El pueblo la consideraba una mala mujer y los vecinos más ricos hablaban mal de ella, la criticaban y hasta habían pensado en expulsarla de allí para que no siguiera avergonzándolos con su conducta.
La mujer decente también era linda, pero estaba muy orgullosa de su pureza. Jamás había tenido nada que ver con ningún hombre. Vivía sola en su casa, siempre impecablemente limpia. Era recta y correcta, y hacía todo lo que los demás esperaban de ella, excepto ayudarlos con amor, porque su corazón era duro como una piedra. Siempre estaba dispuesta a criticar a los demás y descubrir sus errores.
La pecadora Xkeban, en cambio, era tan generosa con los necesitados como con sus enamorados. Repartía con los pobres todos los regalos que recibía, les daba comida y ropa. Ayudaba con sus propias manos a los enfermos y a los sufrientes. Hasta se ocupaba de los animales maltratados y abandonados.
Sucedió que los vecinos dejaron de ver durante un tiempo a la mujer pecadora. ¿Se habría mudado, por fin, a otro pueblo? (Algu-nos, sin embargo, la extrañaban, pero no se hubieran atrevido a decirlo).
Un día, un aroma extraño y delicioso empezó a esparcirse por las calles del pueblo. Provenía de la casa de Xkeban. Cuando finalmente un grupo de vecinos se decidió a entrar, se encontraron con un espectáculo asombroso. La dulce pecadora había muerto hacía ya muchos días, pero su cadáver estaba incorrupto y se la veía tan bella en la muerte como lo había sido en vida. El exquisito aroma que todos habían percibido salía de su cuerpo. La cama estaba rodeada de un grupo de animales que parecían estar allí para acompañarla con su cariño. Un perro flaco le lamía las manos.
La pecadora Xkeban fue enterrada ese mismo día, y un cortejo muy humilde acompañó la ceremonia: todos los pobres, los necesita-dos, los enfermos a los que la joven había ayudado estaban allí para despedirla. Una semana después, nacieron sobre su tumba unas lindísimas florecillas silvestres, que despedían ese mismo aroma delicioso. Esa florecilla existe todavía y su néctar, muy dulce, produce una suave embriaguez, parecida al amor de Xkeban.
La mujer decente, Utz-Colel, estaba indignadísima. ¿Cómo era posible que tan mala mujer recibiera semejante premio? Ella le aseguró a todo el mundo que cuando muriera los dioses la premiarían todavía más, mucho más, porque para eso había vivido ella una vida tan perfecta, privándose de tantas cosas deseables con tal de mantenerse en el camino de la rectitud.
Lo cierto es que un tiempo después murió la mujer decente. Y apenas había exhalado el último suspiro cuando su cadáver empezó a oler de una manera repugnante. La gente que participó en el entierro apenas podía soportar las náuseas. Al día siguiente los vecinos más importantes del pueblo cubrieron la tumba de flores para tratar de atenuar el mal olor que seguía saliendo del cementerio.
Y pasado un tiempo, Utz-Colel, esa mujer tan decente y correcta, se convirtió en el tzacam, un cactus espinoso que da, todavía hoy, una flor de aspecto hermoso y muy mal olor.
Se cuenta que Utz-Colel llegó al mundo de los muertos de muy mal humor, exigiendo una reparación por ese trato tan injusto. ¿Cómo era posible que premiaran a una pecadora? ¿Entonces lo que había que hacer era entregarse al amor? ¡Ella quería otra oportunidad! Ahora se comportaría de modo muy diferente si la dejaban volver a la tierra.
Y así fue. Tanto se enojó y protestó Utz-Colel, que tuvo la oportunidad de regresar a este mundo. Pero su carácter rígido y su corazón frío nunca entendió que la pecadora Xkeban había sido premiada por su bondad. Y lo que hace ahora Utz-Colel, cada vez que le permiten volver a la tierra, es atraer a los hombres para perderlos y matarlos.
Sale de la flor maloliente del cactus tzacam, entra al bosque y se sienta en las raíces de las ceibas. Allí peina sus cabellos con un peine hecho con púas de cactus. Cuando ve pasar a un hombre, lo atrae y lo seduce para después matarlo sin piedad. Se cuentan muchas historias en el Yucatán sobre los hombres perdidos por la Xtabay, que así la llaman ahora. Si viajan algún día a México, van a la península del Yucatán y se les ocurre pasear de noche cerca del bosque donde las ceibas sacan sus raíces, ¡tengan mucho cuidado con la Xtabay.

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