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domingo, 28 de diciembre de 2014

Lucha de dragones

Los dragones chinos eran reyes y casi dioses de las profundidades acuáticas: cada río, cada lago, cada océano, tenía su rey dragón. A veces podían tomar forma humana. Cada uno tenía su propia personalidad. Por ejemplo, el gran dragón negro del lago Erhai era muy malhumorado, y cuando se enojaba, podía ser peligroso.
Un día, el gran dragón negro fue a ponerse su túnica de seda preferida y no la pudo encontrar. Enfurecido, pensó que alguien se la había robado, y para que el ladrón no pudiera escapar, obstruyó la salida de agua del lago. Para la gente que vivía cerca de sus orillas, la situación se volvió desesperante. Como había varios ríos que llevaban su caudal hasta el lago, el nivel del agua empezó a subir y subir. Pero además, el enorme dragón negro revolvía el lago buscando su ropa y hacía levantarse tremendas olas, que provocaban inundaciones, destruían diques y puentes y muchas veces avanzaban sobre los cultivos de arroz.
Cerca de allí vivía un niño muy especial. Su madre era una joven lavandera que cierto día vio un delicioso melocotón flotando en el agua del río y se lo comió. En realidad, no era una simple fruta, sino una perla de dragón, y a partir de ese momento, el niño mágico comenzó a crecer en el vientre de su madre. Era todavía muy pequeño cuando decidió enfrentarse al temible dragón negro.
-Madre, no podemos permitir que ese dragón loco siga causando daño. En la ciudad el gobernador ha puesto anuncios ofreciendo una recompensa para quien logre dominarlo. Y yo lo haré.
La madre quiso detenerlo, pero fue imposible. El niñito no solo era capaz de hablar como un adulto, sino que tenía mucha fuerza. Al llegar a la ciudad, arrancó de un manotazo el cartel. El guardia se rio mucho cuando vio quién era el valiente que quería enfrentarse al dragón. Pero los vecinos, que habían visto al niño jugar sin miedo con las serpientes del campo, le insistieron en que lo llevara al palacio de su senor.
El gobernador recibió al niño con mucha curiosidad. Apenas habló con él, se dio cuenta de que no era una persona común y corriente.
-¿Y qué necesitas para vencer al gran dragón negro? -le preguntó.
-No es mucho, pero deben seguir exactamente mis instrucciones -dijo el niño. Necesito que haga forjar en bronce una cabeza de dragón. Necesito dos pares de garras de hierro, para mis manos y mis pies, y seis cuchillos muy afilados. Quiero también trescientas croquetas hechas de hierro y trescientas croquetas de harina cocina-das al vapor.
Era un pedido muy extraño, pero la situación era tan especial que el gobernador decidió hacerle caso en todo a esta extraña personita.
El niño se puso la cabeza de dragón, se calzó las cuatro garras, se ató tres cuchillos en la espalda, con el filo hacia afuera, se puso un cuchillo en la boca y los otros dos los empuñó en sus manos.
-Voy a lanzarme a las aguas del lago para luchar contra el gran dragón negro -les dijo a los vecinos, que se habían reunido para ver el asombroso espectáculo. Cuando vean surgir olas amarillas, lancen las croquetas de harina. Pero donde vean olas negras, arrojen las croquetas de hierro. Tengan preparado un gran trozo de tierra en el que crezca el pasto. Si consigo triunfar en la lucha, tiren el terrón al agua.
El niño se lanzó al lago y apenas su cuerpo tocó el agua, se trans-formó en el pequeño dragón amarillo. La terrible batalla comenzó. Las olas eran enormes, pero los hombres más valientes cargaron las croquetas en sus botes de madera y se hicieron al agua para alentar a su campeón.
Los dos dragones lucharon durante días enteros. Cuando el pequeño dragón amarillo tenía hambre, en la superficie del agua aparecían olas amarillas. Entre las salpicaduras, asomaba la cabeza amarilla con la boca abierta y la gente le tiraba croquetas de harina. Así, bien alimentado, podía luchar con más fuerzas. Cuando el gran dragón negro tenía hambre, aparecían olas negras. Y su gigantesca cabeza surgía sobre la superficie con la boca abierta como un pozo del infierno. Entonces la gente le tiraba las croquetas de hierro. Cuando el gran dragón negro se las tragaba, no solo seguía teniendo hambre, sino que volvía a la lucha con un tremendo dolor de estómago.
El pequeño dragón amarillo era muy inteligente y al tercer día decidió convertir su tamaño en una ventaja. Aprovechando que el gran dragón negro estaba desesperado de hambre y abría su enorme boca buscando comida, se le metió por allí, se deslizó como una serpiente por la garganta y fue a parar a su estómago. Moviéndose de un lado al otro, lo hirió desde dentro con sus cuatro garras y sus seis cuchillos. El dragón negro se retorcía de dolor y cada vez que su cabeza aparecía entre las enormes olas, la gente le tiraba más croquetas de hierro.
El enorme dragón negro había perdido la batalla.
-Ay, ay, Pequeño Dragón Amarillo, no soporto más tanto dolor, me rindo, te ruego por favor que salgas de mi cuerpo. Prometo irme del lago y nunca volveré.
-Muy bien, pero... ¿por dónde salgo?
-Por atrás.
-De ninguna manera, eso no está a la altura de mi dignidad. La gente dirá que salgo cuando haces tus necesidades.
-Entonces, por mi nariz.
-Un insulto. Parecerá que me arrojas cuando te suenas.
-¡Sal por mi oído!
-¿Como si te limpiaras de cera las orejas? Es ofensivo.
-¡Por favor, por favor, puedes salir por mi axila!
-Ah, claro. Para que me aplastes bajo el sobaco en el momento de salir.
-Ay, ay, ay, te lo ruego, sal pronto. ¡Que sea por la planta del pie!
-No pienso morir de un pisotón -dijo el pequeño dragón amarillo, retorciéndose otra vez con sus seis cuchillos dentro del enorme dragón negro, que estaba ya enloquecido de dolor.
-¡Está bien, está bien, puedes salir por mi ojo!
El pequeño dragón amarillo desenroscó un ojo de su enemigo y salió por la órbita vacía. El gran dragón negro quedó tuerto, pero muy contento de estar vivo. Perforó un túnel en una enorme roca y por ahí se escapó. Junto con él, escapó el agua sobrante, que estaba causando inundaciones.
Después de vencer a su enemigo, el pequeño dragón amarillo ya no volvió a su forma humana. De acuerdo con sus instrucciones, los vecinos arrojaron al agua un terrón con hierbas, al que trepó el pequeño, transformado en serpiente.
-No me verán más -les dijo a los vecinos. Pero no teman por mí. Donde se detenga este terrón, deben levantar un templo en mi honor. Desde allí, vigilaré y los protegeré para siempre.
El terrón fue flotando sobre el agua hasta el lugar donde se levanta hoy el Templo del Rey Dragón. Y dicen que el espíritu del pequeño dragón amarillo vive allí, asegurándose de que no haya inundaciones y las aguas del lago se mantengan siempre mansas.

0.005.3 anonimo (china) - 059

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