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martes, 30 de diciembre de 2014

Leyenda de don munio sancho de hinojosa

En los claustros del muy antiguo convento benedic­tino de Santo Domingo de Silos, en Castilla, se en­cuentran -desmoronándose, pero aún magníficos- ­los monumentos de la otrora poderosa y noble familia de Hinojosa. Entre ellos está, en mármol, la figura yacente de un caballero, con la armadura puesta y con las manos juntas, como si se hallase en oración. En una cara del sepulcro hay un relieve que muestra una partida de caballeros cristianos capturando una cabal­gata de moros y moras; en la cara opuesta, los mismos caballeros están representados de rodillas ante un altar. El sepulcro, al igual que la mayor parte de los monu­mentos vecinos, está medio en ruinas, y la escultura resulta casi indescifrable, salvo para el ojo experto del anticuario. Sin embargo, la historia relacionada con el sepulcro se conserva aún en las viejas crónicas españo­las, y es la siguiente.
Antiguamente, hace varios cientos de años, vivió un noble caballero castellano, llamado Don Munio San­cho de Hinojosa, señor de un castillo fronterizo, que había resistido las acometidas de más de una incursión mora. Don Munio contaba con una tropa propia de setenta hombres, todos ellos de rancio abolengo caste­llano: vigorosos guerreros, jinetes tenaces y hombres de hierro. Con ellos recorría el territorio moro, ha­ciendo que su nombre fuese temido a lo largo de las fronteras. El salón de su castillo estaba repleto de estandartes, cimitarras y yelmos musulmanes, trofeos de su corage. Don Munio era, además, un gran aficio­nado a la caza, y poseía sabuesos de todas clases, corceles para la montería y halcones para el noble arte de la cetrería. Cuando no estaba ocupado en la guerra, su mayor placer era batir los bosques cercanos; y rara vez salía a caballo sin sabuesos y cuernos de caza, una jabalina en la mano o un halcón en el puño, y sin la compañía de un séquito de monteros.
Su mujer, Doña María Palacín, era de carácter amable y tímido, poco idónea para ser la esposa de un caballero tan intrépido y aventurero; y más de una lágrima derramó la pobre mujer cuando él marchaba a sus audaces empresas, y más de una oración ofreció por su seguridad.
Un día que este esforzado caballero se encontraba cazando, se apostó en unos matorrales, en la linde de un verdegueante claro del bosque, y dispersó a sus monteros para que levantasen la caza y la condujesen hacia su puesto. No llevaba allí mucho tiempo, cuando una cabalgata de moros de ambos sexos llegó retozan­do por el calvero; no llevaban armas e iban vestidos suntuosamente con túnicas de seda bordadas en plata y oro, ricos chales de la India, pulseras y ajorcas de oro, y joyas que relucían al sol.
A la cabeza de esta alegre comitiva cabalgaba un joven caballero, superior a los demás en la dignidad y altivez de su porte, así como en lo espléndido de su atavío; junto a él iba una damisela, cuyo velo, levanta­do por la brisa, dejó ver un rostro de incomparable belleza, con los ojos bajos en virginal modestia, pero radiantes de ternura y alegría.
Don Munio dio gracias a su fortuna por enviarle semejante presa y se regocijó pensando en llevar a casa para su esposa los deslumbrantes despojos de aquellos infieles. Llevándose el cuerno de caza a los labios, dio un toque que resonó por todo el bosque. Sus monte­ros llegaron corriendo de todas partes, y los sorpren­didos moros fueron rodeados y hechos prisioneros.
La hermosa mora retorcía desesperada las manos y sus doncellas lanzaban los gritos más desgarradores. Únicamente el joven caballero moro conservó la sere­nidad. Preguntó el nombre del caballero cristiano que mandaba aquella tropa de jinetes. Cuando le dijeron que era Don Munio Sancho de Hinojosa, su rostro se iluminó. Aproximándose a este caballero y besándole la mano, le dijo:
-Don Munio Sancho, he oído hablar de vuestra fama de caballero leal y valiente, terrible con las armas, pero instruido en las nobles virtudes de la caballería. A tal confío en encontrar en vos. Tenéis ante vos a Abadil, hijo de un alcaide moro. Me dirijo a celebrar mis nupcias con esta dama; la casualidad nos ha puesto en vuestro poder, pero confío en vuestra magnanimidad. Tomad todos nuestros tesoros y joyas; exigid el rescate que os parezca oportuno por nuestras personas, pero no permitáis que se nos insulte ni deshonre.
Al oír el buen caballero esta súplica, y a la vista de la belleza de la joven pareja, su corazón se llenó de ternura y cortesía.
-No permita Dios -dijo que perturbe tan feli­ces nupcias. En verdad, que durante quince días seréis cautivos míos dentro de los muros de mi castillo, donde, como conquistador, reclamo el derecho de celebrar vuestros esponsales.
Y, diciendo así, envió por delante a uno de sus jinetes más veloces para que anunciase a Doña María de Palacín la llegada de esta comitiva nupcial, mientras él y sus hombres daban escolta a la cabalgata, no en calidad de aprehensores, sino de guardia de honor. Cuando se estaban acercando al castillo fueron sacados los estandartes, y las trompetas resonaron en las alme­nas. Cuando estuvieron más cerca se bajó el puente levadizo y Doña María salió a recibirlos acompañada de sus damas y caballeros, de sus pajes y de sus juglares; estrechó a la joven novia, Allifra, entre sus brazos, la besó con fraternal ternura y la condujo al interior del castillo. Entre tanto, Don Munio envió misivas en todas direcciones e hizo traer viandas y manjares exquisitos de las tierras vecinas: y la boda de los amantes moros fue celebrada con toda la pompa y el esplendor posibles. Durante quince días el castillo se entregó a las alegres diversiones. Hubo justas y torneos en la liza, y corridas de toros, y banquetes, y bailes al son de las trovas. Cuando los quince días llegaron a su fin, Don Munio hizo magníficos regalos a la novia y al novio y los condujo a ellos y a sus criados sanos y salvos al otro lado de la frontera. Así eran en los días de antaño la cortesía y la generosidad de un caballero español.
Varios años después de este suceso, el rey de Casti­lla convocó a sus nobles para que le ayudasen en una campaña contra los moros. Don Munio Sancho fue uno de los primeros en acudir a la llamada con setenta jinetes, todos ellos guerreros leales y curtidos en la lucha. Doña María, su esposa, se colgó de su cuello exclamando:
-¡Ay, mi señor! ¡Cuántas veces vas a seguir tentan­do tu fortuna y cuándo se saciará tu sed de gloria!
-Una batalla más -replicó Don Munio, una batalla más por el honor de Castilla, y aquí mismo hago promesa de que, una vez que ésta haya con-clui­do, dejaré la espada y marcharé con mis caballeros en peregrinación al sepulcro de Nuestro Señor en Jerusa­lén.
Todos los caballeros se unieron a él en el voto y Doña María se tranquilizó en cierta medida; sin em­bargo, contempló la partida de su esposo con un profundo dolor de corazón y siguió con triste mirada su estandarte hasta que éste desapareció entre los árboles del bosque.
El rey de Castilla condujo su ejército a la llanura de Salmanara, en las cercanías de Uclés, donde encontra­ron a la hueste morisca. La batalla fue larga y san­grienta; los cristianos flaquearon varias veces, y otras tantas se recuperaron gracias a la energía de sus jefes. Don Munio fue cubierto de heridas, pero se negó a abandonar el campo. Al fin, los cristianos cedieron, quedando el rey en situación apurada y en peligro de caer cautivo.
Don Munio exhortó a sus caballeros a que le siguie­sen para rescatarle.
-¡Ha llegado la hora –exclamó- de probar vues­tra lealtad! ¡Al ataque, como valientes! Estamos lu­chando por la fe verdadera y, si perdemos aquí nuestra vida, ganaremos otra mejor después de ésta.
Lanzándose con sus hombres entre el rey y sus perseguidores, contuvieron a éstos en su carrera y dieron tiempo de escapar a su monarca; mas cayeron víctimas de su lealtad. Todos lucharon hasta el último aliento. Don Munio fue elegido por un vigoroso caballero moro para enfrentarse con él, pero, habiendo sido herido en el brazo derecho, luchó con desventaja y fue muerto. Terminada la batalla, el moro se detuvo para apoderarse de los despojos de este formidable caballero cristiano. Sin embargo, cuando le quitó el yelmo y descubrió el rostro de Don Munio, dio un gran grito y golpeó su pecho.
-¡Ay de mí! -exclamó. ¡He matado a mi bie­nhechor! ¡La flor de las caballerosas virtudes! ¡El más magnánimo de los caballeros!
Mientras se libraba la batalla en la llanura de Salma­nara, Doña María Palacín permaneció en su castillo, presa de la más viva ansiedad. Sus ojos estaban siem­pre fijos en el camino que venía del territorio moro, y preguntaba con frecuencia al vigía de la torre:
¿Qué ves?
Una tarde, a la sombría hora del crepúsculo, el centinela hizo sonar su cuerno.
-Veo -gritó- una numerosa comitiva ascendien­do por el valle. Moros y cristianos vienen mezclados. La bandera de mi señor marcha a la cabeza. ¡Buenas nuevas! -exclamó el viejo senescal; ¡Mi señor re­gresa victorioso y trae cautivos!
Entonces los patios del castillo resonaron con gritos de júbilo. El estandarte fue desplegado, las trompetas sonaron y se bajó el puente levadizo; luego Doña María salió con sus damas y sus caballeros, con sus pajes y con sus ministros a dar la bienvenida a su señor, que llegaba de la guerra. Pero al acercarse la comitiva vio un suntuoso féretro, cubierto de tercio­pelo negro, sobre el que yacía un guerrero como si estuviera descansando; yacía con la armadura puesta, con el casco calado y con la espada en la mano, como quien jamás fue derrotado, y en torno al féretro se veían los blasones de la casa de Hinojosa.
Un grupo de caballeros moros acompañaba el fére­tro con emblemas de luto y afligidos semblantes; su jefe se arrojó a los pies de Doña María y ocultó su rostro entre las manos. Ella reconoció en el moro al galante Abad¡l, a quien una vez acogiera con su novia en el castillo, pero que ahora llegaba con el cadáver de su señor, la quien, sin saberlo, había dado muerte en el combate!
El sepulcro erigido en los claustros del convento de Santo Domingo de Silos fue construido a expensas del moro Abadil, como débil testimonio de su aflicción por la muerte del buen caballero Don Munio y de reverencia a su memoria. La dulce y fiel Doña María siguió pronto a su marido a la tumba. En una de las piedras de un pequeño arco situado al lado del sepul­cro se encuentra la siguiente inscripción:

«Hic jacet Maria Palacin, uxor Munonis Sancij de Finojosa»
(Aquí yace María Palacín, esposa de Munio Sancho de Hinojosa)

La leyenda de Don Munio Sancho no termina con su muerte. El mismo día en que la batalla tuvo lugar en la llanura de Salmanara, un capellán del Santísimo Templo de Jerusalén que se hallaba junto a la puerta exterior, vio una comitiva de caballeros cristianos, que llegaba como en peregrinación. El capellán era español y, cuando los peregrinos se aproximaron, reconoció en el primero de ellos a Don Munio Sancho de Hinojosa, a quien antaño había conocido bien. Corrió el capellán junto al patriarca y le informó del elevado linaje de los peregrinos que estaban a la puerta. El patriarca salió, pues, con un gran cortejo de sacerdotes y monjes, a recibir a los peregrinos con los honores debidos. Eran setenta caballeros -aparte de su jefe, todos ellos guerreros recios y orgullosos; llevaban sus yelmos en la mano y sus semblantes tenían una palidez cadavéri­ca. No saludaron a nadie ni miraron a derecha ni á izquierda, sino que entraron en la capilla y, arrodillán­dose ante el sepulcro de Nuestro Salvador, rezaron sus oraciones en silencio. Una vez que hubieron concluido éstas, se levantaron como para marcharse y el patriarca y su séquito se adelantaron para hablarles, pero ya no pudieron verles. Todos se maravillaron y se pregunta­ron cuál podía ser el significado de ese prodigio. El patriarca anotó cuidadosamente la fecha y pidió noti­cias a Castilla acerca de Don Munio Sancho de Hino­josa. Recibió la respuesta de que, el mismo día que había señalado, aquel loable caballero había sido muer­to en combate junto con setenta de sus seguidores. Éstos debieron de haber sido, por tanto, los espíritus benditos de aquellos caballeros cristianos, llegados pa­ra cumplir su voto de peregrinar al Santísimo Sepulcro de Jerusalén. Tal era la fe castellana en tiempos antiguos, que cumplía su palabra incluso más allá de la tumba.
Si alguien dudare de la milagrosa aparición de estos caballeros fantasmas, consulte la «Historia de los reyes de Castilla y de León», del erudito y piadoso fray Prudencio de Sandoval, obispo de Pamplona, donde la encontrará registrada en la «Historia del rey Don Alfonso VI», en la página 102. Es ésta una leyenda demasiado preciosa para que sea abandonada con ligereza al escéptico.

1.025.3 Irving (Washington) - 057

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