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miércoles, 6 de noviembre de 2013

Un santo, una higuera, un convento

Año 1577. España en el cenit de su grandeza con Car­los I.
Extremeños en América: algunos aventureros de Dios, pero los más aventureros del dinero.
A una hora de ese mismo año, en el norte de Extrema­dura, se encuentran reunidos trece frailes de San Fran­cisco.
Han elegido un recoveco a la sombra de una sierra muy cerca de la Vía de la Plata. Tres familias generosas han levantado un convento. Lo vamos a llamar conven­to si cabe este nombre a un edificio de setenta y dos me­tros cuadrados. No es un pisito de renta limitada, sino un convento. Tampoco es que los donantes hayan sido par­cos en su generosidad. Es que los trece frailes no han permitido otras dimensiones.
Se trata de un convento-simiente y las simientes de grandes dimensiones no "pueden caer en tierra y produ­cir fruto".
Los trece, a esa hora de la mañana, en un 22 de mayo, están fuera trabajando en lo que puede ser la huerta de la casa. Están sudorosos, jadeantes, no digo que descal­zos, porque descalzos van a estar siempre. Las recias tú­nicas de saco oscuro se confunden con el polvo de la tierra,
El culpable de todo es fray Pedro de Alcántara. Cin­cuenta y ocho años. Alto, enjuto, con la manía de apre­tarse contra el pecho un Cristo que lleva colgando del cuello. Manía, porque el Cristo no le hace falta. Dema­siado cristo es él. Estirado, sin carnes, lacrado, con tales dimensiones, con tales actitudes... a esos que son o están así en Extremadura los llaman "Cristos". Este, además, lo es, hasta el punto de que "uno de los doce" le dice: "Maestro, ¡qué bien se está aquí, al lado de un santo!"
-Pero, hermano, ¡yo Santo! ¡Santo! ¡De ninguna ma­nera! ¡De ninguna manera!...
Y bajando la cabeza golpea el suelo con un palo seco que utiliza por sus achaques a guisa de bastón. En uno de esos golpecitos el bastón queda clavado en la rendija de una pequeña roca.
Al maestro, como buen alcantarino, no le falta la sorna.
Cuando siente atrapado el cayado en la hienda del peñasco, dice a los suyos:
-Mirad, yo seré Santo cuando este palo produzca higos.
Era el momento de los rezos. Una de las horas en que la pequeña comunidad dialoga siempre con su Dios, es al mediodía.
A la mañana siguiente se repiten las formas del mis­mo trabajo. Tienen que continuar haciendo la huerta, plantando los árboles. Pero... ¡Qué "pero" más curioso! ¡El bastón de fray Pedro que había quedado atrapado entre la roca se ha convertido en una higuera!
Todos miran sorprendidos el árbol.
El respeto ahoga todos los comentarios.
Más tarde repararán en todo el prodigio.
Porque aquella higuera, para dejar constancia a las generaciones posteriores, tenía las hojas de otra mane­ra. Eran más lobuladas.
Hace sólo dos años se ha secado, porque los frailes re­formados habían abandonado el Palancar y ella es muy sensible a las "sequías del espíritu".
Yo mismo, y todos los miles de curiosos anteriores he­mos cortado hojas como recuerdo de la higuera diferen­te, que brotó del cayado de San Pedro de Alcántara.
¡Quién sabe si con los frailes otra vez allí vuelve a bro­tar la higuera!
El Palancar fue el minúsculo cenobio donde un santo, soñando como un loco, inició la reforma franciscana, para devolverla a la mayor austeridad de su nacimiento.
Eran los momentos en que España y el mundo habían iniciado una galopada huyendo de Dios, espoleados por las exigencias del Renacimiento.
Siempre, pero más en aquellos momentos, el Palan­car era una "locura".
Los hombres se olvidan con facilidad. La distancia del tiempo enfría acontecimientos que conmovieron el mundo. A nuestro siglo le está pasando eso. Es, por ello, necesario hacer esfuerzos para escuchar las interpela­ciones que se nos hacen desde la historia.
Queremos recordar esto cuando hablamos del Palan­car. Para nosotros es el testimonio de ascetismo cristiano mejor conservado en el mundo.
Pedro nació en Alcántara de Cáceres en 1499. Su no­ble familia, después de verlo estudiar en Salamanca acepta gustosa su ingreso en la Orden Franciscana cuan­do sólo tenía dieciséis años.
Desde muy pronto, su proyecto de vida lo tenía muy claro. Rechaza cargos, acrisola virtudes, ultima proyec­tos para preparar en plena madurez humana la gran em­presa.
El lugar elegido es un regalo de don Pedro Chaves: en un trozo de sierra, el descanso de una meseta. Lugar sal­vaje, donde los alcornoques se retuercen buscando el cielo que dejan libre los peñascales. A su espalda está la hermosa hondonada del Tajo. Pero la alta Sierra de Ca­ñaveral no permitirá el placer de contemplarla. A sus pies, Pedroso de Acín. Un poco más lejos Portezuelo, Torrejon-cillo, Holguera, Riolobos... y toda la vega del Alagón.
¡Tanta belleza y tanta extensión que no les va a hacer falta!
A la reforma sólo le hacen falta setenta y dos metros cuadrados. Sólo con esto va a comenzar la escalofriante historia de la Reforma Franciscana.
En la planta baja están la capilla, la portería, la habita­ción del portero, la cocina, el comedor, el aljibe, la des­pensa, la celda del prior, el confesionario y, en el centro, un patio. Pero "todo tan en abreviatura que no lo en­tendiera el más versado, aun después de dárselo cons­truido".
La celda del santo "infunde horror, porque además de su estrechez, se bajan para entrar en ella algunos es­calones. No tiene respiración ni ventana por donde en­tre la luz y así, estrecha, lóbrega y subterránea, más pa­rece ataúd o nicho para depósito de un muerto que celda para habitación de un vivo". "La cama, una piedra o ta­rima de tres tablas, y queda otro tanto espacio para que el morador de ella pueda arrodillarse o sentarse a leer". "Como único adorno dos palos en forma de cruz o una cruz formada por dos palos".
"Las puertas son de dos tablas tan bajas y angostas que el más corto de estatura necesita inclinar la cabeza, y el más enjuto no puede introducirse por ella sino de medio lado".
"A este tenor son todas las demás del edificio. Este ahorro le salió bien caro al reformador, porque andaba alto y siempre transportado y muchas veces iba y venía arrebatado de los ímpetus del espíritu, le costaron mu­chas descalabraduras las marcas de las puertas".
"El claustro es un cuadradito que, por lo alto del teja­do, tiene sólo tres canales en cada lienzo y las cuatro de las esquinas o ángulos, de suerte que el hueco por donde se respira y apenas se ve el cielo, parece el brocal de un pozo. Puestos cuatro religiosos en los cuatro lienzos opuestos se dan todos la mano, y en esta corresponden­cia corre de alto abajo la obra, si no es impropiedad de­cir alto y bajo donde es tan bajo todo".
Esta es la parte de la descripción asombrada que se hacía del convento inicial de la Reforma en el año 1765 en un libro publicado en Madrid.
Nosotros sólo queremos añadir que eso está todavía allí.
La Providencia lo ha conservado, porque esperaba que lo necesitara nuestro siglo.
Todo ha sido posible, porque al hacer el convento mayor, el pequeño, el conventito, quedó prácticamente enterrado.
Aún recuerdo cuando el padre Enrique Escribano, franciscano de Casas de Millán, primer superior en la nueva era del convento, lo iba desenterrando, recuerdo la sensación que le producía a él y a todos sus trabaja­dores.
Parecía que resucitaban a un muerto. Haciendo un nuevo milagro.
Y hay que preguntarse: ¿Es que no lo ha sido?

FUENTES:
-Testimonios directos del P. Enrique Escribano al autor.
-Testimonios de los Padres Franciscanos de "El Palancar".
-"Biografía de San Pedro de Alcántara", por Vicente González Ramos.

NOTA: Cuando ya está en prensa este libro, las señoras Asunción y Adelaida Sánchez-Ocaña me ofrecen el testimonio de guardar en su finca de "San Polo" una higuera que ellas mismas sembraron al traer­se un retoño de "El Palancar". Este retoño, convertido en árbol, es testimonio de lo que hemos afirmado. Así, la famosa higuera de San Pedro de Alcántara se perpetúa para la posteridad.

Fuente: Jose Sendin Blazquez

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