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miércoles, 6 de noviembre de 2013

Los panes del castillo

Las sierras que vienen de la Portilla del Tajo en direc­ción oeste, dividiendo los términos de Mirabel y Serra­dilla, no son montañas, son una serie hilvanada de cu­chillos de pizarra. Tienen levantadas sus hojas al cielo cual si intentaran un desafío. Cuando estas rocas se per­miten un descanso sólo dejan pequeños pasadizos por donde apenas se pueden saludar las dos vertientes. Y ni eso siquiera. Siempre los han aprovechado los hombres de cualquier época para sus utilidades venatorias.
El hombre prehistórico colocó allí sus cazaderos (los lugareños los dicen trampas), y cuando el confiado ani­mal caía en ellas era rematado con hachas de sílex puli­mentadas, que luego dejaban abandonadas en sus cer­canías.
Es interesante ver aún alguno de aquellos cazaderos, con piedras colocadas en hileras en forma de embudo. El animal salvaje marchaba con comodidad hacia don­de le esperaba una muerte segura. Es el mismo sistema que aún hoy, después de tantos siglos, se siguen utilizan­do en las dehesas cercanas para enjaular los toros de lidia.
Los cuatro cortes más extensos y profundos, que rom­pen la monotonía de la cordillera se reservaron desde muy antiguo para construcciones más importan-tes. En las dos portillas se levantaron dos castillos: de Monfra­güe y Portezuelo. La vaguada del Puerto de los Castaños se flanqueó con dos castros: uno en la Sierra de Cañave­ral y otro en la de Casas de Millán o Grimaldo. Algunos incluso quieren y no sin razón, que en este último murie­ra Viriato, el indomable caudillo de los lusitanos, fiados de los asentamientos romanos que existen en las laderas de alrededor. La parte más profunda fue ocupada para pasar la Vía de la Plata.
El cuarto descenso es el de Mirabel.
Allí debieron existir desde siempre sucesivas fortifi­caciones, que aprovecharon los árabes para edificar el castillo. El lugar es un enclave tan privilegiado que des­de él, con facilidad, se pueden realizar comunicaciones en cualquier dirección. Esta importancia estratégica no pasó desapercibida a los recién llegados musulmanes y, por ello, hay que adscribir a sus primeros momentos de estancia en la Península, la construcción de una fortale­za islámica. Fortaleza que siguió los avatares de los éxi­tos o derrotas de las huestes berberiscas en la comarca.
A esta época se remonta la leyenda que toda la región conoce y que da origen al primer escudo de la casa de Mirabel.
Le tocaba al castillo hallarse en poder de los cristia­nos. Los moros, que la habían perdido, empeñaron su voluntad y su fuerza en volverlo a conquistar. Propósito difícil, casi imposible, por lo escarpado del terreno y la importancia de la obra, porque ellos mismos se habían encargado de que así fuera.
Consciente del hecho, la morisma no quiso sacrificar más vidas y se decidió poner al castillo un cerco tenaz, estrecho, hasta conseguir su rendición incondicional. No importaría ni el tiempo ni los sacrificios.
El propósito cruel se llevó a la práctica con implaca­ble fiereza.
Como fueron muchos los días, los meses, quizá, de asedio, los víveres para los de dentro disminuían alar­mantemente. Las dificultades se multiplicaban. Las es­peranzas iban recortándose. El espectro del hambre y de la epidemia se cernía amenazador sobre la fortaleza.
Muy pronto las protestas empezaron a oírse: ¿para qué prolongar un sacrificio tan inútil en la práctica? Si la ayuda no ha llegado ya, ¿es que va a llegar?
Las opiniones empezaban a enfrentarse, las actitudes a ser hostiles. Los motines eran casi diarios y cada vez arreciaban con más fuerza.
Viendo el sesgo que tomaban los acontecimientos, el capitán se sentía impotente para controlar muchas situaciones. No podía acceder a las demandas cada vez más continuas de víveres. Los defensores más su­fridos dejaban traslucir en sus rostros la triste huella del hambre.
Llegó un momento en que las cosas se tornaron muy difíciles, cuando un grupo enfurecido exige la entrega inmediata de los panecillos, que como ración diaria se les venía asignando. Sucedía que ya ni eso se les podía entregar. Quedaban exactamente trece panecillos.
¿Qué era aquello para tanta gente? ¿Cómo darlos de comer?
Se levantaban mil manos para tomarlos. El capitán, incapaz ya de controlar la situación, para evitar mayores complicaciones, en un arrebato de furor o tal vez guiado por la Providencia, arrojó todos los panecillos por la ventana.
Fueron a parar al campo de los enemigos, quienes al comprobar aquella lluvia de panes, cuando también ellos se encontraban cansados de tanto cerco inútil, les bajó el ánimo hasta ras de tierra.
Sorprendidos los mahometanos juzgaron que los de dentro tenían abundantes recursos. Que estaban dis­puestos a proseguir todo el invierno allí encerrados. Pensaron también que quizá tenían algún pasadizo se­creto, abierto a toda prisa y a través de él habían hecho acopio durante el verano en los trigales de las cercanías.
Por estas o similares razones, los sitiadores tomaron la determina-ción de abandonar la empresa. Ante el asom­bro de los famélicos defensores, los moros levantaron el cerco y comenzaron a retirarse.
Los sitiados dieron gracias a Dios entre lágrimas y oraciones. Todos coincidieron en que el hecho era un milagro de la Providencia.
Posteriormente, el capitán fue premiado por la Coro­na: se le concedió llevar en su escudo las armas de su triunfo: los trece panes arrojados al enemigo.
Recordando este suceso, cuando el Señorío de Mira­bel se trans-formó en Marquesado, los señores Zúñiga y Sotomayor, descendientes de aquél capitán valeroso, crearon con carácter permanente la "Institución del Pan".
Daban dos libras de pan a cada indigente de sus tie­rras de Mirabel. Merced que duró hasta comienzos de este siglo.
En algunos momentos, la munificencia de los mar­queses fue tanta que se extendió a todo tipo de necesita­dos: ancianos, huérfanos, viudas, mendigos...
¡Lástima que esta cristiana costumbre haya seguido la suerte de su castillo, prácticamente derruido!

FUENTES:
-Gervasio Velo y Nieto, "Castillos de Extremadura".
-Testimonio directo conservado en múltiples testimonios que se guardan en el Marquesado de Mirabel.

Fuente: Jose Sendin Blazquez

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