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miércoles, 6 de noviembre de 2013

La sombra de gonzálvez

Cuando en la noche extremeña se contempla desde las alturas de Monfragüe, el remanso tranquilo que for­man las aguas del Salto del Gitano, el espectáculo es so­brecogedor:
La luna proyecta las sombras alargadas de los cerca­nos promontorios de pizarra, cosidos de recobecos, de oquedades y ranuras sobre el espejo bruñido de las aguas remansadas.
A veces, la luz es señora de las sombras y las relega a reductos apenas perceptibles. Pero otras veces, también son las sombras quienes dominan sobre la luz, forman­do caprichos inverosímiles para despertar pasiones tan contradictorias como la ilusión o el miedo.
Es fácil, en estos casos, observar el espectáculo de un hecho insólito, que con un poco de imaginación cual­quiera puede llegar a descubrir. Es algo que está allí, queramos o no. Se trata, simple-mente, de saber mirar en el momento oportuno, pero siempre de noche o al atar­decer. Porque en la Portilla aún se ve la sombra de Gon­zálvez. La sombra de aquél hombre inocente que fue despeñado vivo desde el Cancho del Moro por Pedraja, el amigo que amañó los hechos para aquella condena y que después fue el obligado verdugo de su mejor com­pañero.
Y aun cuando los hombres no castigaron su crimen, la Providencia lo condenó a morir de la misma manera precisamente cuando él, Pedraja vio, por primera vez, a la salida del túnel de Monfragüe, la sombra de Gonzál­vez que le llamaba flotando desde las aguas.
Hay quien dice también que el olor pestilente y ese vaho soñoliento que algunas mañanas se contempla en la Portilla de Monfragüe, lo despide el cadáver de Pe­draja que sepultado en los abismos, aún nadie ha podido encontrar.
Los hechos sucedieron de esta manera:
En el castillo de Monfragüe, pero en los momentos en los que la inexpugnable fortaleza se encontraba asedia­da de feroces enemigos, dentro, entre los defensores, coincidieron dos criados, que parecían envidiables ser­vidores.
Aunque el mismo recinto les daba albergue, el abis­mo insondable de los odios separaba a Rodolfo de Gon­zálvez y Tirso de Pedraja.
Se murmuraba entre los camaradas del castillo, que los ardientes ojos de una mujer hermosa, una mujer se­rradillana, había encendido idéntico fuego en los recios pechos de ambos guerreros.
El apuesto y esforzado Gonzálvez logró que sus frases de amor hallaran eco en el corazón de la bella extreme­ña. Y de ello se persuadió el bravo, pero altanero Pedra­ja, en cierto día que ambos rivales fueron a la cercana al­dea de Serradilla entre los enviados por víveres para el castillo.
El despecho y la sorda cólera atenazaron como sier­pes venenosas el corazón del desdeñado mancebo.
Al despertar una mañana el j efe de la fortaleza, reunía a sus servidores y les decía.
-"Este escrito anónimo, sujeto a un guijarro con un hilo, ha sido arrojado esta misma noche por una ven­tana".
-"El papel dice así: entre vosotros hay un traidor.
Buscadlo y hacer justicia inmediatamente. Mañana será tarde".
-"¡Oh! ¡Oooooohhhhhhhhh!"
La tropa lanzó un estridente y prolongado suspiro. Breves momentos después todos los defensores del castillo se hallaban reunidos en la plaza de armas.
El propio jefe en persona pasaba revista a sus subordi­nados.
Manda que uno a uno se despojen de sus ropas y ar­maduras para ser registrados minuciosamente.
Llega el turno de Gonzálvez. Tranquilamente deposi­ta en el suelo sus armas y comienza a deshacerse de sus recios vestidos, cuando un gesto de su señor le detiene. Este se aproxima y coge violenta-mente un arrugado pa­pel que asomaba en un bolsillo del guerrero. Ávido, de­vora las enrevesadas líneas en las que se dice a Gonzál­vez que a la noche siguiente guiara al enemigo para to­mar la fortaleza por sorpresa.
-"¡Traición! Aquí está. Oíd: mañana en la noche es­taremos junto a los muros para que nos enseñes el pasa­dizo secreto por donde tomaremos la fortaleza".
Y entre el asombro de todos, y el estupor del propio Gonzálvez, que atónito y con la palidez de la muerte no entendía lo que pasaba, oye la terrible orden:
-"Este infame, ahora mismo, será conducido por do­ce hombres al Cancho Gordo. Le atáis una piedra a lo menos de cuatro arrobas y lo echáis al agua".
A los pocos momentos se cumplió la inexorable sen­tencia.
No valieron para nada ni las súplicas, ni las protestas, ni la desesperación del infortunado Gonzálvez procla­mándose inocente.
Fue conducido al borde de un gigantesco peñasco que se eleva a extraordinaria altura y cortado a pico so­bre el Tajo.
Desde la cima se veían, allá abajo, a más de cien varas las aguas rojizas del invierno, que formaban rápidos re­molinos.
Un guerrero se destacó del grupo y dio un brusco em­pujón a la víctima, que se desplomó en el vacío.
-"iiiiiUah!!!!!"
Fue el grito que se oyó en el espacio, y en seguida un sordo choque sobre las aguas, que se cerraron en vertigi­noso remolino como eterna despedida al cuerpo del desventurado.
Pedraja, el propio Pedraja, fue el encargado de arro­jar a Gonzálvez a los abismos del Tajo.
Pero fue también el mismo Pedraja quien le había in­troducido en el pecho mientras dormía el fatal docu­mento que dio lugar a su suerte.
Cuando regresó al castillo con sus compañeros, tré­mulo, agitado, se apartó de todos y con paso vacilante se retiró a esconderse en un apartado rincón.
Transcurrieron algunos días, y Pedraja era casi un es­queleto: sus dedos sarmentosos se agitaban convulsiva­mente; sus enflaquecidas piernas temblaban amenazan­do doblarse bajo el liviano peso del cuerpo que soste­nían; sus mejillas no eran más que piel reseca y hundida; en sus pupilas, que antes eran vivas y llameantes y ahora sólo una mortecina chispa del fuego de la vida.
Le faltaba el apetito y si por breves momentos logra­ba dominarle un sueño lleno de horribles pesadillas, despertaba sobresaltado, agitado de fantasmas que pa­recían atacarlo.
Era frecuente verlo como sonámbulo por las oscuras galerías, sobre todo la que unía, y une, la fortaleza con las riberas del río. Cuando bajaban a buscar agua lo ha­cía solo. Caminaba lentamente con su cántaro en una mano y con la otra, levantándola en el aire, avanzaba en las tinieblas como si apartara seres imaginarios que qui­sieran cerrarle el paso.
Uno de esos días, el solitario porteador de agua se ha sentado al aire libre de la noche. Sus ojos se han clavado con insistencia en el Cancho Gordo. En la ne­grura de las sombras nocturnas parece que algó toma proporciones inauditas, que se aproxima, que amena­za desplomarse sobre él y servir de losa gigantesca a su sepultura.
Desde la cima se ve arrastrado a bajar, a sentarse so­bre el siniestro Cancho Gordo.
Las aguas tienen en aquel momento una fosforescen­cia rojiza, como de sangre. Pedraja, horrorizado, da dos pasos atrás y chocan sus espaldas con un enorme peñas­co. Se para y está lívido. Los vapores de la superficie del agua toman consistencia sólida. Poco a poco, una figura humana flota sobre la superficie de las aguas. Agita sus brazos con horribles gestos de ira salvaje. Lo llama. Lo conoce. Se conocen. No hay duda:
-"¡Es él!... ¡Es él! Es Gonzálvez. ¡Gonzálvez! ¡Auxi­lio!... ¡Auxilio!"
Es Gonzálvez que, surgiendo de la sima sin fondo de las orillas, viene a tomar venganza.
Es Gonzálvez, que se aproxima más y más; que le asfi­xia con los vapores que le rodean; que le hunde al fin sus nervudos dedos en el cuello y no le deja proferir siquiera un grito de agonía.
Cuando el sol doró con sus primeros rayos el más alto torreón del castillo, uno de los servidores bajó al río. Vio un hombre inmóvil, de pie, apoyado de espaldas en un peñasco de la orilla.
El guerrero se acercó un poco y retrocedió horroriza­do.
Era el rígido cadáver de Pedraja.
Sus ojos dirigían hacia el río una vidriosa y escalo­friante mirada.
Perdido en el vacío, estaba muerto.

FUENTES:
-"El Cronista". Revista quincenal de Serradilla.
-Colegio Nacional de EGB de Torrejón el Rubio.
-"Castillos de Extremadura", Gervasio Velo y Nieto.

Fuente: Jose Sendin Blazquez

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