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miércoles, 6 de noviembre de 2013

"La encamisá" de torrejoncillo

Carlos I, el nieto de los Reyes Católicos, heredó el tro­no de España a la muerte de su abuelo don Fernando, hacia 1516. Poco después, al fallecer el abuelo paterno Maximiliano I de Alemania, fue elegido Emperador en 1519. Con esta doble herencia, la Casa de Austria atena­zaba a Francia por todos los lados del continente.
Francisco I no pudo ver con buenos ojos este suceso y empeñó todo su poderío en intentar estorbarlo.
De las seis guerras que se libraron entre los dos reyes, la primera tuvo por escenario el norte de Italia, lo que antes era la Lombardía.
El monarca francés había conquistado Milán y, eufó­rico con su victoria, se dirigió hacia el sur, a Pavía. Allí se había refugiado un ejército imperial, mandado por An­tonio de Leiva. Francisco 1, además de la moral del éxito anterior, contaba con efectivos muy superiores. Los del Emperador se dieron cuenta del riesgo que corrían y pi­dieron ansiosamente auxilio. Allá se dirigieron con sus tropas el Marqués de Pescara, el Condestable de Bor­bón y Lannoy. Aún sumados y reunidos sus efectivos, los franceses seguían siendo superiores en número.
Francisco I mandaba personalmente su ejército.
Se dio cuenta que tenían que impedir la llegada de los soldados de refresco. Como Pavía estaba sitiada podría ser fácil apretar el cerco y no sería posible la entrada de los que llegaban.
No contaba el francés con el arrojo y la valentía de los infantes españoles, que ya gozaban de reconocida fama.
Corría el mes de febrero de 1525. Francisco I alertó a los suyos para que impidieran todo tipo de conexión en­tre sitiados y los que llegaban.
Vencerlos separadamente sería un empeño mucho menos arriesgado.
Los campamentos de los franceses se situaban alrede­dor de Pavía.
Como era invierno, todas las tardes los centinelas oteaban los alrededores para prevenir las intentonas de los que querían llegar, o quizá también de los que pre­tendían salir.
Aquella tarde todo se antojaba mucho más fácil.
Estaba nevando y sobre las capas blancas de la nieve virgen resultaba cómodo distinguir cualquier huella de seres humanos.
Se cerraba la tarde y los vigilantes seguían tranquilos, porque su aliada la nieve les facilitaba el trabajo.
De manera parecida pensaron los españoles, pero en su propio beneficio. Al atardecer de aquél día, un va­liente capitán extremeño, Ávalos, se presentó a su jefe para decir que él conseguiría la unión de los ejércitos, el capitán de Torrejoncillo tenía de la nieve un concepto muy distinto al del resto de los capitanes.
En su pueblo cacereño nieva pocas veces. Por eso, la nieve nunca es un instrumento de castigo, sino, al con­trario, motivo de recreo o de ayuda.
Pensó entonces que aquella nevada no podría ser otra cosa que un regalo del cielo. Había que aprovecharla.
Su estratagema fue muy sencilla. Armados como esta­ban, se cubrieron con sábanas blancas y, confundidos con la nieve, pudieron salir y avanzar hasta los que lle­gaban. Cuando el Marqués de Pescara y el Condestable de Borbón vieron al escuadrón del capitán Ávalos, todo fue muy sencillo. Se conectaron sus planes, se unieron soldados, y aquel 24 de febrero de 1525, el ejército espa­ñol obtuvo uno de los más brillantes triunfos de su histo­ria. Allí, en Pavía, Francisco I, cogido en una trampa mortal, caía prisionero y "fue llevado como trofeo a Ma­drid". "Atrás, en el campo, quedaba muerto lo más flori­do del ejército francés".
Cuando el capitán Ávalos regresó a Torrejoncillo contó a los suyos el hecho heroico que él mismo había protagonizado. Heroísmo compartido por no pocos sol­dados de la comarca. Como costumbre de la época, en la compañía de Ávalos servían también un buen grupo de infantes y jinetes reclutados en Torrejoncillo y sus al­rededores.
Hombres todos sencillos, comprendieron que aquel éxito superaba sus propios merecimientos. Hablaban más de milagro que de valores personales. Por ello pen­saron, ya en su tierra, dar gracias a María, a la que se ha­bían encomendado en los momentos difíciles del com­bate. "Ella los había devuelto a sus lares".
Quisieron, en su propio pueblo, pasear el estandarte victorioso, pero ahora el de la Reina del Cielo. Ellos ves­tirían, como en el momento del ardid, "las blancas sába­nas que en aquellas tierras lombardas y del norte italia­no habían usado las tropas imperiales sobre las armadu­ras, en las zonas montañosas, a fin de no destacar en la nieve, fue el motivo elegido para la original, devota y fa­mosa cabalgata de la Encamisá".
Los disparos, antes contra enemigos, eran ahora sal­vas de aplauso a la Reina del Cielo.
Por las calles las mujeres, las madres, entre rezos y lá­grimas, daban gracias a Dios por los hijos que habían vuelto. Pero ellas, las jóvenes y las novias, sentían el or­gullo de vitorear, por las tortuosas callejuelas a los que eran sus héroes.
Desde entonces, la costumbre se repite con fervor ¡n­descriptible.
Es una noche única, inigualable: estandartes, jinetes, infantes, sábanas, cohetes, gritos, disparos, lágrimas, re­zos, vivas..., y un olor a pólvora que aún ahora a distan­cia de siglos nos llevan a imaginar lo que debió ser aque­lla noche italiana en los campos nevados de Lombardía.

"En esta noche
y en este día digamos todos:
¡Viva María!"

"Bajo tu manto
los cubrirás
a los soldados
que en guerra están".

"Ora pro nobis
pues tu eficacia
al invencible,
vence y aplaca".

"Noche de la 'Encamisá'
ebria de pólvora y de luna,
ancestral evocación
que vierte fuego en el alma
de nuestra estirpe moruna..."

FUENTES:
-"Extremadura (la tierra en que nacían los Dioses)", por Miguel Muñoz de San Pedro, Conde de Canilleros.
-"Por la geografía cacereña", por Valeriano Gutiérrez Macías.
-"Libretos de la fiesta de la Encamisá", publicados cada año por don Julián Sánchez, párroco actual.
-Colaboración especial de doña Antonia Salas, profesora de EGB. Y doña Carmen Rodas y su hija.

Fuente: Jose Sendin Blazquez

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