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viernes, 23 de agosto de 2013

Xana

Se dice que el rey Mauregato era uno de los hombres más torpes y necios que hayan conocido los asturianos. En efecto, este monarca gobernó en aquella parte de Hispania hace más de mil años, cuando Castilla permanecía bajo el imperio musulmán y Córdoba era la capital del mundo conocido. Cierto que los árabes pocas veces se animaban a cruzar las altas montañas de la Cordillera Cantábrica y que la pertinaz lluvia del norte los retraía sobremanera. Pero más que los aguaceros, el barro y las montañas, los musulmanes temían la fiereza de los vascones, los montañeses y los asturianos, de modo que permanecieron en la meseta castellana sin querer ir más allá. Sólo el ánimo resuelto de Almanzor permitió a los moros adentrarse en los verdes valles norteños y se cuenta, con cierta verosimilitud, que este caudillo árabe llegó a conquistar Santiago de Compostela.
Mas volvamos a nuestro rey Mauregato o Maragato: era éste individuo de la peor ralea que uno pueda imaginar. Holgazán, vicioso, cobarde y bujarrón (según se dice en Asturias), el rey había llegado a un acuerdo con los musulmanes: a cambio de no entrar éstos en sus territorios, el monarca asturiano les entregaría cien doncellas cada año. De este infame modo Mauregato se aseguraba la tranquilidad, a costa de las pobres jóvenes de Asturias que, año tras año, eran enviadas en carretas al otro lado de las montañas para solaz y divertimento de los viciosos moros.
Con todo, el rey Mauregato no se contentaba con enviarle cien doncellas cualesquiera, sino que las buscaba entre las más hermosas que hubiera en la comarca, acaso para demostrar a los moros que en su reino habitaban las mozas más dulces y galanas. De este modo, un año sí y otro también, las aldeas y pueblos de Asturias se veían privados de las muchachas más atractivas y, con grandes vejaciones, se las llevaban por esos montes hasta los campamentos musulma-nes.
Pasaron así algunos años y, llegado el momento, de nuevo los soldados se vieron en el trance de salir por los caminos en busca de las cien doncellas más hermosas de Asturias. Llegaron los guerreros al pueblo de Illés, que es en nuestros días Avilés. Comenzaron entonces a visitar casa por casa, capturando a varias jóvenes hermosísimas. Entre éstas había una muchacha que, además de ser bellísima, tenía un genio y carácter muy particular. La moza, llamada Galinda, advirtió a los soldados del siguiente modo:
-Sabed, esforzados caballeros, que más que nosotras, hay en este lugar una doncella que nos supera en hermosura y gracias mil veces. Llámase la Xana, y vive en este bosque cercano, aunque, si queréis capturarla, tendréis que acudir a la fuente durante la noche. Allí la veréis bailar y cantar, y por vuestros ojos sabréis que vale mucho más que nosotras.
El capitán de los guerreros supuso que capturar a una doncella con tantas y tan buenas cualidades le supondría algún privilegio del rey y aguardando en la aldea, esperó que llegase la noche.
Las tinieblas cubrieron por fin aquellos hondos valles y el capitán, con sus soldados, salieron hacia el bosque con la intención de capturar a la hermosa Xana. Brillaba la luna con su pálido fulgor y no tardaron en encontrar la fuente de la que tanto hablara la moza Galinda. Allí estaba, en efecto, una joven de belleza sin par. Una dulcísima melodía brotaba de sus labios y el gorjeo del agua en la fuente parecía armonizar de modo maravilloso con su canción. La Xana alisaba sus largos cabellos con un peine de oro y la luz nocturna iluminaba su rostro con un fulgor sobrenatural. Ni el capitán ni los soldados habían visto jamás una dama tan hermosa. Estuvieron contemplándola durante largo tiempo, ensimismados y casi enamorados, pues a cada movimiento de la Xana parecían desprenderse miles de estrellas brillantes que tililaban sobre la hierba, compitiendo en hermosura con el rocío.
«Si logro raptar a esta mujer, no habrá merced que el rey me niegue», se decía el capitán; y ciego de ambición ordenó a sus soldados que se lanzaran sobre ella y la prendieran. Pero de nada sirvió: cuando los guerreros se acercaron con sus lanzas, la Xana levantó su mirada. ¡Oh, aquellos ojos verdes no eran de este mundo! Un gesto de la mano lanzó refulgentes estrellas y al cabo todos los soldados quedaron convertidos en carneros.
Comprobó el rey Mauregato que los soldados de Illés tardaban mucho y envió dos cuerpos de soldados a la aldea. Estos soldados hablaron con los paisanos y de nuevo Galinda les envió a buscar a la Xana: «Sí, es cierto que aquí estuvieron vuestros amigos. Mas fueron a buscar a la Xana y nunca volvieron». Sin tardanza, los nuevos guerreros se adentraron aquella misma noche en el bosque y pudieron contemplar la hermosura de la maga. Mas cuando fueron a capturarla ella los convirtió en carneros también.
Mauregato estaba en verdad enojado: más de cien soldados habían partido de palacio y no habían regresado aún. El tiempo de entregar a las doncellas se cumplía y, decidido a resolver el misterio, él mismo se encaminó con su guardia a Illés. También habló con Galinda y ésta repitió: «Sí, señor; es cierto que estuvieron aquí vuestros soldados. Mas fueron a buscar a la Xana y nunca volvieron».
Airado como nunca se le vio, Mauregato se encaminó con sus hombres a la fuente de la Xana. Allí, como antes sucediera con los soldados, vio a la joven jugando con el agua, cantando y danzando, y dejando caer miles de estrellitas en cada movimiento de sus brazos.
-Oye tú, Xana: ¿dónde están mis soldados?
-No vi soldados aquí, señor -respondió la Xana.
-Cien soldados contados, Xana, que yo los envié que tomaran las doncellas más hermosas.
-No eran soldados, señor, que eran carneros -dijo la Xana sonriendo.
-¡Ea! ¡Soldados eran, como éstos que vienen conmigo! -gritó el airado Mauregato.
La Xana tomó agua de la fuente en sus manos y lanzándola hacia los soldados dijo:
-Esos soldados que decís no son tales, que son carneros también. Y tú, eres el pastor.
Asombrado y lleno de pavor, el rey Mauregato se vio rodeado de carneros, y corderos y ovejas modorras, y él mismo no llevaba ya los ricos ropajes de monarca, sino una pelliza de lana, y un zurrón. Y en vez del bastón real tenía en la mano un torpe cayado de roble.
Cobarde y temeroso como era, Mauregato cayó de hinojos ante la Xana y le suplicó entre lloriqueos que le devolviera su figura de rey y que, si ello era posible, volviera a figura humana a sus soldados. Prometió hacer cualquier cosa, con tal de que él mismo tornara a ser rey y sus carneros fueran de nuevo soldados.
La Xana le obligó a renunciar al impuesto de las cien doncellas; le hizo jurar que nunca más tomaría mozas ni para los moros ni para sí mismo; y le conminó a luchar y defender a su pueblo en vez de firmar infames pactos con los enemigos. Asintió a todo Mauregato y la Xana desencantóle a él y a sus soldados. De regreso a palacio, el rey envió recado a los moros diciendo que renegaba del tratado de las cien doncellas y que, cuando fuese necesario, entablaría batalla con ellos.
Si esta historia parece incierta o falsa, vaya el lector a Avilés y pregunte por la fuente de la Xana. Con un tanto de suerte, acaso pueda verla; mas... no se acerque: todo sea que se convierta en carnero.

Fuente: Jose Calles Vales

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