Translate

viernes, 11 de enero de 2013

El viejo sterdoker

Nunca un héroe llegó a tan avanzada edad como el viejo Sterdoker. De él se contaba que vio la luz no en el mundo de los hombres, sino en las misteriosas regiones del Oriente, habitadas por los gigantes, y que nació con tres pares de brazos y tres pares de piernas. Tor, el dios de la guerra, celoso de su fuerza, le arrancó dos pares de brazos y de piernas, y le dio así apariencia humana. Pero Sterdoker conservó su alma bra­vía y su gran estatura, que le permitió abatir a los guerreros reputados de invencibles.
Como los vikingos de corazón indomable, Sterdoker surcó los mares durante mucho tiempo, recorrió los le­janos continentes y dirigió las más aventuradas empresas. Llegó por fin, con la vejez, el deseo de un bien gana­do reposo. Desembarcó en tierra de Dinamarca y se presentó en la corte del rey Frode.
-Rey -le dijo, soy Sterdoker; dame un pedazo de tierra de tu país y la gobernaré como un buen vasallo.
-No tengo tierra bastante para con­tentar a Sterdoker -contestó el rey hacernos frente. Mañana, a la hora del alba, te esperaremos en el llano de Ro­liung; el paraje es tranquilo y seguro.
Hroar, al oírlos, disimulaba su aprensión y afectaba alegría.
-Reíd, daneses; comed y bebed a gusto. Mañana, a la hora del alba, en el llano de Roliung, os espera una gran sorpresa y un gran disgusto, porque no iré solo.
Los hermanos le trataron de bravu­cón, y Hroar, mirando a su gentil es­posa, sentía disminuir su esperanza y en su corazón aumen-taba la tristeza.
Pero a mitad de la fiesta, Sterdoker entró en la sala; con pasos tardos se abrió camino entre las mesas; separó brutalmente a quienes le estorbaban el paso y respondió a las quejas con gol­pes e insultos. De esta manera llegó has­ta la mesa de honor y se sentó junto a Helga sin decir palabra ni saludar a nadie.
Muchos reprimieron su cólera al re­conocerle, pero los nueve hermanos se levantaron a un tiempo y empezaron a atacarle con palabras groseras y ade­manes feroces.
Sterdoker se volvió a ellos:
-Me parece que oigo ladrar los perros. ¡Eh! Tratad de sujetar mejor esa lengua.
Aslak gritó:
-¿Quién es este viejo loco, este va­gabundo grosero, este mendigo? ¿Qué hace entre la gente de bien, en medio de la noble compañía? ¿No merece un castigo el miserable por tamaña im­prudencia?
Sterdoker escupió al suelo y dijo:
-¿Cuántos sois vosotros? Nueve hermanos, me dicen, todos muchachos poderosos e intrépidos. Francamente, es una lástima que vuestra madre no haya tenido más hijos, porque hubiera combatido con los otros tan a gusto como con los que están aquí.
Aslak y sus hermanos comprendie­ron entonces que tenían delante al gue­rrero del que había hablado Hroar, y volvieron a sentarse en silencio, inquie­tos y pensativos por lo que acababan de oír.
Por la noche, los recién casados fue­ron conducidos a su cámara nupcial. Sterdoker los acompañó entre el sé­quito hasta el umbral. Ambos jóvenes le preguntaron dónde quería pasar la noche. Sin contestar, Sterdoker cerró la puerta detrás de Hroar y Helga; lue­go sacó la espada, la clavó en la pared fijándola como una tranca ante la puer­ta, y, hecho esto, tendió el manto en el suelo, se acostó encima y se durmió al momento.
Al día siguiente despertó Hroar, abrió la ventana y, al ver que aún era de noche, volvió a acostarse y se dur­mió profundamente.
A las primeras luces del alba ya estaba Sterdoker de pie, esperando que le llamase Hroar; pero como transcu­rría el tiempo y no se percibía el me­nor ruido en la cámara nupcial, entre­abrió la puerta y vio a los esposos dor­midos. Movió la cabeza con indigna­ción y disgusto y por fin se dijo para sus adentros:
«¿Para qué turbar su reposo? Ster­doker no despertará a quien no se des­pierta a la hora de actuar ni sufrirá que se crea que tiene miedo de acudir solo a la cita.»
Sterdoker salió del palacio. El aire helado de la mañana azotó su rostro y agitó su larga barba. Una nevada co­piosa cubría la tierra y borraba las co­sas. El llano de Roliung se extendía a roca di5tanria de la ciudld, a los pies de una colina. Hasta el horizonte no se veía sino el espacio blanco y desierto. Y pensando en las mofas que en la víspera habían sugerido su edad, y el aspecto que le daban sus achaques, se echó a reír.
«¡Qué necios son los jóvenes de hoy día! Uno se muere de sueño después de una noche de bodas, y los otros, es­pantados sin duda por el frío de la ma­drugada, no se atreven a salir de casa. Merecen una dura lección.»
Entonces se desnudó por completo, como lo habría hecho en pleno verano con un calor sofocante, y se sentó en la nieve de cara al Norte, después de tender su manto escarlata sobre unas matas que viera de lejos.
Aslak y sus hermanos llegaron por la parte opuesta, escoltados por algu­nos servidores y, en espera de sus ene­migos, buscaron un lugar resguardado del viento en la otra vertiente de la co­lina y encendieron fuego para calentar sus miembros entumecidos. Pero como el tiempo pasaba, Aslak llamó a uno de sus compañeros y le dijo:
-Sube a lo alto de la colina y, si ves a alguien, corre a advertirnos. Ve en seguida. ¡Corre!
El enviado subió a la cima y bajó en seguida diciendo:
-He visto un extraño espectáculo: un viejo sentado en la nieve bajo el cierzo; está desnudo y lleva la cabeza descubierta; a su lado hay un manto tendido. Es un loco o un enfermo aban­donado. ¿Qué interés puede ofrecer­nos? Dejemos que muera a su gusto.
Pero los hermanos no le escucharon. Acercándose, reconocieron a Sterdoker y se quedaron estupefactos. Le rodea­ron y le dijeron:
-Viejo, has venido sólo por jactan­cia y vanagloria. Nos repugna abusar de nuestra superioridad en número. Queremos pelear de uno en uno y no todos juntos.
Sterdoker se levantó y, después de vestirse, replicó.
-Como perros habéis ladrado con­tra mí. Yo pego a la jauría cuando la­dra.
Al oír este insulto los hermanos des­envainaron las armas y, formando al­rededor del viejo vikingo una muralla de escudos erizados de espadas, le aco­metieron profiriendo gritos terribles.
Jamás se vio un combate más cruel. Sterdoker hacía girar la espada y re­partía mandobles por todos lados. ¡Qué admirable valor! Escudos rotos, cascos hundidos, cotas arrancadas; se abrían en los pechos rojas heridas; la sangre salpicaba la nieve de encarnado rocío. Pronto quedaron tendidos seis cadáve­res uno al lado del otro.
El viejo Sterdoker no estaba herido. Retrocedió para tomar aliento; pero los tres supervivientes le acometieron co­mo fieras; la espada Skun cortaba los hombros, partía los cráneos, rompía las sólidas corazas. Sólo quedaba Aslak en pie ante el anciano, y ambos seguían lu­chando, animados de un furor renovado a cada golpe.
Aslak recibe por fin un mandoble descargado con toda la fuerza, que le parte en dos hasta la cintura; pero, casi al mismo tiempo, Sterdoker vacila y cae; le mana la sangre por diecisiete heridas y, apelando a sus últimas fuer­zas, puede llegar a una roca sobre la que se acuesta, rendido, ciego y sin aliento.
Pasó por allí un hombre con un ca­rro. Era un joven campesino de noble aspecto, que, al ver a Sterdoker, saltó a tierra, le enjugó la sangre y con la nie­ve le limpió las heridas. Luego le re­animó con un fuerte licor, le subió al carro y lentamente regresó al castillo del rey- Ingiald.
Cuando Hroar y Helga se desperta­ron, ya estaba avanzado el día y en vano preguntaron por Sterdoker.
-¡Desgraciado de mí -exclamó Hroar, que he dormido en vez de com­batir! ¿Cómo me presentaré a Sterdo­ker cuando vuelva, si sale victorioso? Y si muere, ¿cómo seré juzgado?
-Esposo mío -le contestó Helga, contigo o sin ti triunfará; puede derro­tar a un ejército entero. Pero vendrá enfurecido, llenándote de baldones e impaciente por castigar al que olvidó en el sueño un deber sagrado. Créeme, no llores y guárdate de mostrar un co­razón pusilánime. Recíbele con valentía, y arrostra su mirada sin turbarte y em­puñando la espada; porque el viejo Sterdoker aprecia los valientes tanto como odia a los. cobardes.
Grande era, en efecto, el furor de Sterdoker. En el patio del castillo saltó del carro y se dirigió a la cámara de Helga, cuya puerta derribó de un punta­pié. Hroar cogió su espada y, cuando el viejo se arrojó contra él, le dio un golpe que resbaló en el casco y le ras­gó la oreja. Pero mientras ganaba terreno, Helga se apoderó del escudo y pro­tegió a Sterdoker; tan violento fue el segundo golpe de Hroar, que la espada rompió el escudo en dos pedazos y se clavó medio palmo en tierra.
-¡Albricias! -exclamó Sterdoker. Veo que no eres cobarde y que tu bra­zo es fuerte. Estoy seguro de que allí hubieras trabajado bien. Helga es tuya: la has conquistado.

Cuando Sterdoker llegó a la extrema vejez, empezó a lamentarse con vehe­mencia:
-¡Ay de mí! ¿Habré de morir como un hombre de humilde linaje? ¿No ha­brá una espada bastante afilada para mandarme a la mesa del banquete de Odín? ¡Me espera una muerte sin glo­ria; el guerrero quedará confundido pa­ra siempre con los mercaderes y los porque-rizos!
Había perdido Sterdoker parte de su fuerza, pero gozaba tal fama de glo­ria y de poderío, que nadie se hubiera atrevido a atacarle o a provocar su có­lera.
Entonces Sterdoker decidió alejar­se de las tierras donde podía sorpren­derle una muerte tan injusta. Un día colgó a su cuello todo el oro que tenía, se puso bajo el brazo dos espadas y, en­corvado sobre las muletas, partió al azar. De país en país, de ciudad en ciu­dad, fue al encuentro de algún camo­rrista que le diese la muerte tan desea­da; desafió a los extraños, maltrató a los amigos, infundió miedo y piedad a un tiempo, y no halló otra cosa que atenciones y veneración. Pero no con­siguió lo que buscaba.
Al atravesar un día el llano de Roliung Sterdoker vio venir un mancebo, que volvía de cazar con gran séquito de criados, de caballos y de perros, ocu­pando todo lo ancho del camino y le­vantando polvo. Sterdoker, que cami­naba penosamente con sus muletas, no dio señales de querer ceder el paso, de modo que el señor, llamó a dos de sus criados y les dijo:
-¡Qué atrevido es ese mendigo! No se apartaría por su gusto. Echadle en­cima los caballos para asustarle y que nos deje libre el camino.
Obedecieron los criados, pero Ster­doker manejó las muletas con tal fuer­za, que los dos jinetes fueron derriba­dos y cayeron al suelo sin sentido.
Maravillado, el cazador se adelantó diciendo:
-¿Cómo te llamas, tú que luchas con tal ardor y haces más con la madera que otros con el hierro?
-Soy demasiado viejo -contestó Sterdoker- y tú demasiado joven para que tengamos la suerte de conocernos. Entre tus abuelos, alguno habrá oído pronunciar el nombre de Sterdoker.
-Ilustre Sterdoker, no hay hombre de corazón a quien no sea familiar tu nombre desde la infancia. Hader, hijo de Hlennes, te ofrece salud y homenaje.
-¿Qué estás diciendo, joven? ¿No has dicho que Hlennes era tu padre? Entonces, hace un momento estaba equivocado; porque si es cierto que veo tu rostro por vez primera, el de Hlen­nes lo llevo grabado en la memoria. En otro tiempo tu padre fue mi amigo; te le pareces en todos los rasgos, y muy apagados han de estar mis ojos para no haberte reconocido al momento.
Y añadió:
-En nuestra última entrevista, tu padre tenía el cráneo hasta las cejas, y mi espada Skun se había hundido tan profundamente, que para desprenderla tuve que poner el pie sobre su frente.
Hader palideció.
-Calla, viejo, no me hagas olvidar que tus cabellos son blancos.
-Tu sangre habla -dijo Sterdo­ker; la dignidad no está en ti muerta del todo. Eso me gusta y también me gusta que un joven trate cortésmente a un guerrero venerable y enfermo. Por eso, yo, Sterdoker, que nunca solicita­ba nada de nadie, te pido una gracia: hace tiempo deseo el fin de mi enojosa vejez, y nadie quiere ayudarme; tú eres mi única esperanza. Si sientes alguna admiración por el viejo Sterdoker, da­me la muerte que deseo; piensa que harás justicia a tu padre y cumplirás con tu deber de hijo.
Descolgó el saquito que llevaba al cuello y que contenía el oro y se lo dio, diciendo:
-Ésta es mi herencia. Es para ti, en pago y recompensa de tu buena obra.
Hader contestó gravemente:
-Cúmplase tu deseo. No puedo opo­nerme a tu voluntad.
El joven se apeó del caballo y sacó la espada de la vaina, pero Sterdoker le detuvo:
-Si hay algún hierro capaz de ma­tar a Sterdoker es Skun, mi buena hoja. Cógela con mano firme y cuando in­cline la cabeza, descárgala sobre la nuca. No tiembles ni des el golpe dema­siado flojo, porque se trata de separar la cabeza del tronco. Quiero enseñarte un secreto mágico cuyo valor he pro­bado: si, cuando me hayas decapitado, puedes saltar entre el tronco y la ca­beza antes de su caída, tus huesos y tu carne adquirirán tal dureza y resisten­cia, que nunca penetrará en ellos el hierro; serás invulnerable, insensible, preparado para un gran destino. ¡Ahora, date prisa, Hader, hijo de Hlennes!
Y tal como había prometido, Ster­doker inclinó la cabeza y presentó la nuca descubierta. Hader levantó la pe­sada arma y la dejó caer con todas sus fuerzas.
La cabeza de Sterdoker rodó por la hierba. Pero Hader no saltó entre la ca­beza y el tronco; no saltó porque sos­pechaba que el héroe había ideado aplastarle al morir bajo el peso de su enorme cuerpo.
Muy cerca de allí, en el mismo llano de Roliung, bajo un túmulo elevado, se dio sepultura al viejo Sterdoker. Ha­der cogió el oro, tomó Skun, la noble espada, y, reuniendo a sus compañeros, prosiguió el camino. Había cumplido los deseos del héroe.
Dicen que al pasar por el puente de Roliung, la espada de Sterdoker se es­capó de la vaina y cayó al río, al agua profunda y tranquila.
También se dice que en las noches de luna la espada Skun luce de un mo­do extraño en el fondo del agua. Pero los que han intentado cogerla, no han sacado más que arena y algas.

Fuente: Antonio Urrutia

0.079.3 anonimo (vikingo) - 015

No hay comentarios:

Publicar un comentario