Translate

miércoles, 19 de diciembre de 2012

La leyenda de hir y ranjha

Siete hermanos vivían en una pequeña aldea del Panjab, en el noroeste de la India, y se dedicaban a cultivar los campos. Ranjha era el menor de todos ellos y, según decían, era casi un inútil. Aunque tenía un ca­rácter agradable y aspecto apuesto, el joven sólo vivía para la música. Tocaba la flauta con gran habilidad y, para practicar, abandonaba su trabajo en el campo, lo que provocaba la indignación de los hermanos.
Todos comenzaron a importunarle con frecuencia, hasta que un día Ranjha se cansó de escuchar reproches y comentarios hirientes y decidió abandonar su hogar y ganarse la vida por su cuenta en otro lugar.
Vagabundeó durante algunos días y, por fin, llegó a las orillas de un río. Una barcaza se disponía a cruzar­lo, para llegar al pueblo que se encontraba en la otra ori­lla. Ranjha no tenía con qué pagar el pasaje, por lo que intentó cruzar a nado. Pero, en medio del río, las fuer­zas le fallaron y las gentes que iban en la barcaza tuvie­ron que izarle y recogerle casi desmayado. Le acomo­daron en un lecho especialmente suntuoso que contenía la embarcación y le dijeron:
-Eres afortunado, forastero. Vas a descansar en el lu­gar reservado para la bella Hir, el orgullo de nuestra al­dea, la muchacha más hermosa que haya habido nun­ca. Sólo esperamos que no se enfade por que lo hayas usado en su ausencia y sin su permiso.
Ranjha supo en seguida de quién le estaban hablan­do, pues la fama de Hir había llegado ya antes hasta sus oídos. Era la hija única del clan de los Sayal y todos en la aldea se sentían ufanos de que tal beldad viviese en­tre ellos.
La embarcación alcanzó la orilla. Las gentes no tar­daron en informar a la joven de lo sucedido. Hir salió apresuradamente de su casa y se encaminó a la orilla del río, para conocer al hombre que casi se había ahogado y que había viajado en el lugar que se le reservaba siem­pre a ella.
En el momento en que los dos jóvenes se encontraron frente a frente sintieron como si se hubieran conocido de siempre. Fue el suyo un amor instantáneo, una fascina­ción repentina, ya desde las prime-ras palabras que cru­zaron.
-Yo soy Hir, hija del clan de los Sayal.
-Mi nombre es Ranjha, del clan Hazara. He abando­nado mi hogar y, en este momento, no tengo un rumbo fijo ni un lugar especial al que dirigirme.
-¿Tienes amigos o conocidos? -preguntó la mucha­cha.
-No conozco a nadie por estos lugares. Excepto a ti -contestó Ranjha, después de una pausa. Y comenzó a levantarse.
-¿Adónde piensas ir?
-No lo sé -contestó él. ¿Acaso importa?
-Sí importa -exclamó Hir.
-¿Quieres que me quede?
-Creo que ya lo sabes.
Hubo entre los dos una pausa llena de significado.
-¿Qué me retiene aquí? -insistió Ranjha.
-Yo -contestó ella, simplemente.
-Es una razón poderosa para mi. Pero, ¿lo será para el resto de las gentes?
-Les daremos una razón que les convenza. Mi padre necesita un pastor para su ganado. Tú serás su pastor.
Ranjha lo pensó unos instantes.
-Llévame ante tu padre -dijo.
El joven obtuvo el trabajo y se puso inmediatamente a la tarea. Se ocupaba del ganado, que pastaba tranqui­lo al son de su música. Hir y sus amigas le visitaban en el campo y pasaban agradablemente juntos muchas ho­ras.
Los primeros días la muchacha tuvo cuidado de que nadie sospechase la atracción que Ranjha ejercía sobre ella, por lo que no se separaba de sus compañeras; pero un día él la encontró a solas y ambos consumaron su amor.
Las amigas de Hir acabaron por conocer estos amo­res y los protegían, dejándoles solos siempre que era po­sible. Ranjha, por su parte, no descuidaba sus obliga­ciones. Al contrario, el ganado estaba mejor cuidado que nunca y producía mucha más leche que antes. Los padres de Hir se hallaban encantados con su nuevo pastor.
Pasó el tiempo y la relación de los dos amantes se hizo más fuerte y duradera. Pero, lamentablemente, tam­bién se hizo más obvia. Kaidon, un antiguo pretendien­te de Hir que había sido rechazado por sus muchos de­fectos, vino a saber el secreto de los dos jóvenes. Informó de ello a Sayal, quien decidió acabar con aquella situa­ción.
A la mañana siguiente, el jefe del clan acudió al lu­gar donde se hallaba Ranjha. Le habló de las acusacio­nes que se le habían hecho y de cómo no podía seguir manteniéndole en su trabajo. Ranjha comprendió la si­tuación del padre de su amada y se despidió de él, par­tiendo de inmediato, sin saber qué sería en adelante de él, de Hir y de su amor.
Pero al llegar al río, el barquero, con quien había de­sarrollado una buena amistad a lo largo de aquel tiem­po, quiso saber la causa de su partida. El joven le contó lo ocurrido y su amigo insistió en que no abandonase el lugar y fuese su huésped durante algún tiempo.
Mientras tanto, el ganado de Sayal comenzó a decaer y a enfermar. Nadie sabía cómo atenderlo de la forma en la que Ranjha lo hacía, por lo que Máliki, la madre de Hir, convenció a su esposo de que debían volver a ad­mitir a Ranjha en la casa. La madre habló también con el joven y le instó a que regresase, prometiéndole su apo­yo cuando se tratase del matrimonio de Hir. Los aman­tes, de esta manera, volvieron a reunirse.
Un día, se encontraban ambos en el bosque, cuando pasaron por allí cinco santones renunciantes. Tras los saludos de cortesía, los jóvenes solicitaron la bendición de los hombres santos y su ayuda, pues su amor se ha­llaba en peligro. Sayal estaba buscando un marido para Hir y de seguro que no accedería nunca a su unión con Ranjha.
El más anciano de aquellos ascetas sonrió y se diri­gió a la muchacha:
-¿Tan intenso es tu amor por este hombre?
-Señor -replicó ella-, lo es. Mi mundo comienza y termina a sus pies. Él es todo lo que poseo y todo lo que quiero.
-¿Y te ama él? -insistió el asceta.
-Sé que lo hace -siguió Hir. Pero, si no lo hiciera, yo seguiría amándole. Cuando adoras a Dios no lo haces esperando que te responda. Le adoras, sin más. Pues bien, de esta manera quiero yo a Ranjha.
-¿Y tú? -preguntó el asceta, dirigiéndose ahora al jo­ven. ¿Qué tienes que decir?
-Yo no sabría describir mi amor con palabras. Pero sólo he de decir que cinco veces al día, cuando llevo a cabo mis oraciones y me concentro en Dios, es el rostro de Hir el que se me aparece ante los ojos y su voz la que resuena en mis oídos.
El santón quedó unos instantes en silencio, mirando a los dos fijamente. Los amantes creyeron, en principio, que estaba enojado con ellos. Pero no era así.
-Hijos míos -manifestó, al fin, el asceta: estáis, en verdad, bendecidos por Dios. Nosotros llevamos toda una existencia buscándole y vosotros le habéis hallado en vuestra juventud, porque Dios es amor y vosotros, su­blimando el vuestro, le habéis encontrado. Acercaos. Merecéis estar juntos y yo os uniré ahora mismo en ma­trimonio.
Y comenzó a recitar las oraciones que santificaban la unión de los dos. Cuando hubo acabado y Ranjha y Hir fueron ya marido y mujer, el hombre prosiguió:
-Se dice que, aunque vivamos en compañía, al morir nadie puede acompañarnos. Pero no será así en vuestro caso y yo os digo que estaréis juntos en la vida y lo estaréis también después de la muerte, para que no lleguéis a se­pararos nunca.
Dicho esto, los santones prosiguieron su camino.
En los días siguientes a este encuentro, la situación de los amantes empeoró. Llegó una propuesta de ma­trimonio para Hir y Sayal la aceptó. Se fijó la fecha de la boda y la muchacha, nerviosa, propuso a Ranjha es­capar juntos y emprender una nueva vida en un lugar lejano.
Ranjha se negó. Aquello sería deshonrar a Sayal de­lante de su clan. Ellos estaban ya casados, por lo que de­cidieron hacer público este hecho ante el sacerdote que viniese a oficiar, pues se hallaban seguros de que un hom­bre de Dios respetaría en su momento un sacramento ya impartido.
Pero Sayal, temeroso de que Ranjha pudiese interfe­rir en la boda proyectada, hizo que varios de sus hom­bres se apoderaran del joven pastor y le encerraran en un granero, mientras tenía lugar la ceremonia. No conten­to con esto, sobornó al sacerdote y suministró una bebida con opio a su hija antes de la boda, por lo que la des­venturada Hir no supo con exactitud lo que estaba su­cediendo. El sacerdote, sobornado por el padre de la chi­ca, afirmó haber escuchado las palabras de aceptación de labios de Hir y el matrimonio de ésta con Said, del clan de los Khaira, se dio por efectuado.
Ranjha consiguió romper la puerta del granero en el que le habían encerrado, mas ya era tarde. Únicamente llegó a tiempo de ver cómo la comitiva nupcial partía de regreso, llevando a la novia en un palanquín. Hir aún no se había repuesto de los efectos intoxicantes de la bebi­da y no ofreció resistencia.
Su amante siguió, desesperado, al cortejo durante un largo trecho, pero las fuerzas le fallaron y cayó desva­necido. Cuando recobró el sentido, se hallaba solo en medio del campo. Había perdido a Hir, al parecer para siempre.
Hallándose ahora sin esposa, Ranjha consideró inú­tiles todos los deseos mundanos. Abandonó el lugar y se convirtió en un asceta, Durante mucho tiempo se dedi­có a visitar templos, mezquitas y lugares santos de to­das las religiones. Al faltarle su amada dirigió su atención hacia Dios. Cambió sus ropajes por los de un renun­ciante, dejó de afeitarse y de cortarse el cabello. Vagabundeó por bosques y montes, aprendiendo de otros ascetas cómo sustentarse de hierbas y raíces y cómo em­plearlas con fines medicinales. Casi llegó a olvidar su vida anterior, pero no a su amada Hir.
Por su parte, la muchacha se negó a cohabitar con Said.
-Teme a la ira de Dios, Said -le advirtió. Es un gran pecado tocar a la mujer de otro hombre y yo ya he con­traído matrimonio con Ranjha. Él es mi esposo.
-¿Y yo, ¿qué soy, pues? -gritó, indignado, Said. Yo también estoy casado contigo.
-No es así -repuso Hir, porque yo nunca di mi con­sentimiento. El sacerdote mintió.
El ambiente en la casa de los Khaira se hizo más ten­so. La supuesta suegra de Hir recomendaba paciencia a su hijo, mas aquella situación no podía prolongarse mu­cho.
Un día, Saiti, la hermana de Said, oyó hablar de un santón que había llegado al pueblo y del que se decía que tenía para todos palabras de sabiduría. Marchó a verle, con la intención de que ayudara a su cuñada a vencer su obsesión. En la plaza, Ranjha -pues el santón no era otro que él- se encontraba tocando bellas melodías en su flau­ta, rodeado de los niños del lugar.
Tras escuchar la petición de Saiti, Ranjha se encami­nó a su casa, en la que habló a Hir, que tenía cubierto el rostro por un velo.
-He venido a ayudarte -anunció, al entrar.
-Nadie puede hacerlo -respondió Hir. Sólo Dios, quizá; pero creo que hasta Él me ha abandonado.
Ranjha reconoció la voz de su amada y dijo:
-Confía en mí. Quizá yo pueda hacer algo por ti.
Entonces Hir levantó la vista y reconoció los rasgos de su esposo en el rostro del santón.
Cayeron uno en brazos del otro y el amor que sentían conmovió a Saiti, quien se propuso protegerles en lo su­cesivo. De acuerdo con ella, Ranjha elaboró un plan para poder escapar junto con su esposa.
Hir marchó al día siguiente al bosque y, cuando estuvo sola, se hizo dos pequeñas heridas en la pierna con un cu­chillo, simulando la mordedura de una serpiente, e ingirió unas hierbas que Ranjha le había entregado y que pro­ducían un efecto similar al del veneno de la cobra. Luego, se tendió en el suelo y comenzó a pedir auxilio.
A los gritos de Hir acudieron las gentes del clan Khaira y la llevaron a casa. Ningún médico pudo garantizar su curación y parecía que la joven iba a morir irremedia­blemente. Saiti, entonces, mencionó a un faquir que ha­bitaba en una choza del bosque y que podría curarla. En seguida enviaron por él.
Ranjha, en atuendo de faquir, explicó que podría sal­var la vida de Hir, pero que ella debería permanecer sola, bajo su supervisión, durante varias horas. Aunque este remedio extrañó a todos, ante la gravedad de la situa­ción, accedieron a probarlo. Ranjha llevó a Hir a su ca­baña y la acostó en un lecho de hierbas.
En el instante en que estuvieron solos, le hizo beber un antídoto, que surtió efecto en pocos minutos. Por una abertura practicada en la parte trasera de la choza, hu­yeron ambos mientras los demás aguardaban la cura­ción, ante la puerta principal.
Por la tarde, no pudieron las gentes del clan conte­ner su impaciencia y penetraron en la cabaña, que esta­ba vacía. No faltó quien aseguró haber reconocido a Ranjha bajo su aspecto de santón y pronto se organizó la búsqueda de los fugitivos.
Con muchos hombres y caballos, los perseguidores al­canzaron pronto a los amantes. A la mañana siguiente a estos sucesos, ya esta ban en su poder. Les maniataron, como a dos vulgares criminales, y les llevaron de vuelta a la ciudad para que fueran juzgados por adulterio.
Pero el juez se mostró imparcial. Escuchó el testi­monio de ambos, que aseguraba que Hir no había dado su consentimiento para la boda con Said, y que estaba de antes casada con Ranjha.
Por otra parte, la versión del clan de los Khaira tam­bién parecía verdadera. Para decidir sobre cuál era la verdad se llamó a testigos y, entre ellos, a los cinco ascetas, que eran conocidos y reverencia dos. Éstos confirmaron haber unido a Hir y a Ranjha en matrimonio, por lo que la posible segunda ceremonia quedaba anulada y se des­vanecía la acusación de adulterio.
El juez dictaminó en favor de los dos amantes y de­claró su inocencia. Sayal aceptó a Ranjha como yerno delante de todos y los Khaira se volvieron a su ciudad.
Ranjha decidió en aquel momento regresar a su al­dea natal con su esposa y marchó por delante, para pre­parar a su familia, mientras Hir quedaba con sus padres, que comenzaron a organizar la comitiva que llevaría a la joven a la casa de sus suegros.
Sin embargo, no todo el mundo quedó contento con esta decisión del tribunal. Kaidon, que seguía sin per­donar a Hir su rechazo, comenzó a instigar a la gente del pueblo en contra de Ranjha. A partir de aquel mo­mento -decía, cualquier vagabundo podría llegar y ca­sarse en secreto con una muchacha del lugar sin que na­die lo evitase. Pero como Hir y Ranjha se habían granjeado muchas simpatías, pocos fueron los que se hi­cieron eco de la opinión de Kaidon. Éste, entonces, de­cidió obrar por su cuenta.
Y cuando Hir se despedía de sus padres, para mar­char definitivamente al lado de su esposo, en el momento de montar en el palanquín que la llevaría a su aldea, Kaidon se presentó ante ella, trayéndole unas flores y unos dulces. Hir se llevó a la boca lo que se le ofrecía, sin sospechar que su antiguo pretendiente la estaba en­venenando.
Ranjha se encontraba en las lindes de la aldeas, aguar­dando ansioso a la comitiva de boda, cuando vio a un hombre que corría hacia él.
-¿Dónde está Hir? -le preguntó, mientras le asaltaba un nefasto presentimiento.
El hombre titubeó; pero, al final, hubo de confesarle lo sucedido.
-Hir está muerta -dijo. Y, tras una pausa, añadió: Ha sido envenenada.
El rostro de Ranjha se llenó de sombras. Permaneció inmóvil por un momento y luego, muy lentamente, se arrodillo en el suelo y comenzó a rezar, recordando las palabras de los ascetas: "Estaréis juntos hasta en la muer­te”.
Las gentes del lugar supieron en seguida lo acaecido y rodearon al mensajero, para enterarse de los detalles de la desgracia. Después quisieron consolar al desven­turado joven, pero le encontraron rezando.
-Es mejor así -se dijeron. En la oración hallará fuer­zas para resistir tan gran pérdida.
Durante muchas horas Ranjha siguió rezando, mien­tras sus parientes y amigos le acompañaban, sentados a alguna distancia de él, pues no se atrevían a importu­narle.
Sólo se acercaron a Ranjha cuando éste se desplomó, sin vida, acom-pañando así a su amada más allá de este mundo y dejando un ejemplo imperecedero de lo que es un verdadero amor.

(Tradición popular del Panjab)

Fuente: Enrique Gallud Jardiel

0.004 anonimo (india)

La güestia

Poco a poco, a través de los tiempos, el viejo mito de la Güestia ha ido borrándose del recuerdo popular. Sólo que­da memoria de ella en los fastos mitológicos, en las páginas de antiguas crónicas, en las aldeas apartadas o en los labios de las añosas abuelas que intentan asustar a sus inquietos nietos, diciéndoles: «¡ahí viene la Gües-tia...!».
La Güestia es, en Asturias, una procesión de almas en pena, con velas encendidas a altas horas de la noche[1]. Equivale a «la buena gente», con sentido antitético, y a es­tantigua, santa compaña, güaspida, etc. Que nosotros se­pamos, nunca nadie vio la Güestia; todos, sin embargo, cuentan lo que sucedió a tal o cual que, una noche aciaga, por entre la quejumbre de los bosques del Toral, sobre los prados del molino o en torno a los sotos de Espinaredo, se encontró con ella.
Para los vecinos de Libardón, municipalidad de Colunga, Griselda, la de Fano, era una costurera excepcional; al decir de nuestro comunicante, «como nunca tal otra se vio». De toda la vecindad le llovían los encargos y a todos procuraba contentar. Cosía por aquellos días en una casa del Esla­bayo, apartado barrio de la parroquia, ya en las estribacio­nes del altivo Sueve. Se le hizo tarde y, contra lo que era costumbre, no había en casa varón que la pudiera acompa­ñar hasta Fano.
Apenas se apartaba de la última casa de la quintana, cuando vio unas luces verdosas que avanzaban por el cami­no de herradura hacia la cría.
-Ha de ser el viático -pensó; voy a correr para abrir­le la portilla.
Se acercaba la comitiva; con aquella luz se mezclaban extrañas voces, lamentos y « misereres» que le llegaban al cuerpo como un cuchillo pcnctrantc. Empezó a notar que no conocía a nadie; tampoco venía el párroco con el Sacra­mento, ni entendía palabra de lo que rezaban. Mas de pronto... ¿No es aquél Xuanón de Juaca, que murió el año pasado? ¿Y aquélla...? bien se parece a Balbina la del Cota­xu, que va hace dos años que la enterraron...
El susto se le metió en el cuerpo. Cuando estaba a punto de estremecerse, una blanca figura y pálido rostro. cuya piel tensa v apergaminada querían romperle los huesos de la calavera, se le acercó diciéndole:
-Soy tu tío Pedro. ¿No me reconoces? ¿Cómo estáis to­dos? Toma...
Y le puso una vela en la mano. Griselda, que no había acertado a pronunciar palabra, bañada en un sudor frío, se fijó en la vela y, al mirarla, entre luz y sombra, dio un grito de horror. Lo que tenía en la mano era un hueso humano llameante.
Cuando los vecinos del Eslabayo llegaron al lugar donde yacía la costurera, sólo pudieron oírle:
-¡Era la Güestia! ¡Era la Güestia...![2].
Pero..., la Güestia se va porque los niños de hoy no se espantan con los fantasmas del pasado y se encaran muchas veces con las realidades del presente.

Leyenda mitologica

0.100.3 anonimo (asturias) - 010




[1] Cfr. CABAL, C., o.c., pp. 100-144; CASTAÑÓN, L., Supersticiones y creencias de Asturias, Salinas, 1976, pp. 54-56; JOVE Y BRAVO, A., Mitos y supersticiones de Asturias, Oviedo 1903, pp. 54-56; LLANO, A., o.c., pp. 66-69.
[2] Comunicación de Ramón Cortés Carús, de Libardón, en 12 de abril de 1971. Aunque con algunas variantes, recogen la leyenda: GARCIA DE DIEGO, V., o.r., p. 316, y LLANO, A., n.c., p. 72. A este tema se refiere el opúsculo siguiente: Don Nuño de Rondaliegos. Aquí se contienen unas cien assonadas coplas que fizzo Johan Menendez Pidal, natural de las Asturias de Oviedo y en la qual es relatado de como el buen cavallero D. Nuño de Rondaliegos se topo con la uestia... El encuentro en cuestión tiene este tenor:

«...Por entr'una angosta vía
d'álamos et robredales,
luenga hilera de pantasmas
que unos en pos d’otros vane;       
todos llevan blancos cirios,
e visten blanco sayale;
todos vienen silenciosos.
todos andan de vagare...».

Otra curiosa narración puede verse en nuestra obra Costumbres asturianas. León 1982, p. 178.

La gallina de oro

En el lugar denominado del Fondo, en Guimarán, muni­cipio de Carreño, vivía, hace un sin cuento de años, una familia honrada y laboriosa, si bien acosada por la más te­rrible pobreza.
Una tarde, cuando el sol comenzaba a declinar, se acercó a la humilde vivienda una anciana, andrajosa y valetunida­ria, con trasuntos de bruja, en demanda de albergue para una noche. Con la elocuente espontaneidad de los humildes de espíritu, contestóle la dueña de la casa:
-Gustosos compartiremos con usted lo poco que tene­mos.
Jadeante todavía tomó asiento en la antojana de la casa y poniendo los ojos sobre la loma de San Pablo, en lo alto del monte Arco, como ensimismada, la espectral y fantástica vieja, comenzó a decir:

«Monte Areo,
monte Arola,
tierra rica,
gente boba...»

Intrigada la mujer; pidió que le aclarase el significado de aquellas palabras.
-Tú me has dado posada -dijo la anciana- y no quie­ro ser desagradecida.
Y fue explicándole cómo en cierto lugar del monte, casi a flor de tierra, había un tesoro escondido, consistente en una gallina con doce polluelos y doce pesadas barras, todo de oro.
-¿Y cómo es que sabiendo tales cosas imploras por el mundo limosna?
-Es que los dones -aclaró la vieja- son sólo de los que los merecen.
Luego desapareció misteriosamente.
No echó en faltriquera rota la conversación. Cuando llegó su marido, contóle la campesina la aparición. Aquella mis­ma noche, sigilosamente, con los pertinentes aperos de la­branza, se encaminaron al lugar indicado; allí estaba el co­diciado tesoro.
Y de aquel hogar que nunca había conocido la holgura, desaparecieron para siempre la pobreza y los pesares; ad­quirieron grandes extensiones de terreno, viajaron a la Cor­te, levantaron palacios... Hasta llegó a decirse que todas las noches se reunían en su casa un grupo de duendes que les llevaban hermosos y ricos presentes. Las habladurías alcan­zaron su apogeo cuando se observó que durante toda la no­che ardían velas en el interior de la casa. Nadie quiso, por lo tanto, dar crédito a las palabras de los buenos habitan­tes, quienes aseguraban que eran unos cirios encendidos a una imagen de la Virgen del Buen Suceso.
Mas..., en memoria de aquel suceso, edificaron en Gui­marán una capilla bajo la advocación del Buen Suceso (fun­dación, según la historia de la familia Muñiz Carreño); otro tanto hicieron en Candás, a la que se llamó «Capilla de los Doce», anexa al palacio de los Muñiz, en cuyo retablo apa­recían pintados, hasta el verano de 1936, la gallina con sus doce polluelos[1].

Leyenda mitologica

0.100.3 anonimo (asturias) - 010




[1] Si bien que la leyenda ya tenía letras de molde gracias al veraz histo­riador Marino Busto (Noticias históricos del concejo de Carreño, pp. 57-58), en 19 de agosto de 1983 nos proporcionó por escrito una nueva redacción en la que resumía todas las anotaciones y matices de sus cuadernos de campo. La formulilla aún reviste esta variante.

«Monte Irola,
monte lroba,
tierra rita,
gente boba.»

La corona de estrellas

Es creencia marinera de Asturias que la Virgen quiso es­tablecer su morada por los contornos del litoral oriental, desistiendo de ello porque en todas partes se sentía el rumor del mar.
No alcanzamos la razón de tal asentimiento tradicional, toda vez que en Gijón, y dominando el mar, se halla la capilla de la Virgen de la Providencia; en Pimiango, la Vir­gen de Tina; en Ribadesella y Llanes, los santuarios de la Virgen de Guía, tan próximos al mar que deben alcanzarles las espumas salobres en los días de tempestad; lo mismo en otros lugares del occidente astur: Virgen de la Blanca, en Luarca, y la Virgen de la Barca, en Navia.
El Romancero, por otra parte, asegura que la Virgen na­vegaba en busca de Cristo:

«Navegando va la Virgen,
navegando por la mar;
los remos trae de oro
y la barca de cristal,
el remador que remaba
va diciendo este cantar:
Por aquella cuesta arriba,
por aquel camino real,
por el rastro de la sangre
a Cristo hemos de encontrar»[1]

En otro romance, recogido por nosotros en Llanes, se di­ce que los moros perseguían a la Virgen para prindarla y llevarla cautiva a Turquía:

«Por la mar vienen los moros
que quisiéranla prindar,
y ella escapa tierra adentro
mucho lejos de la mar».

Fue hace muchos años cuando, antes del alba, una joven bellísima, la Virgen, arribó a Cuevas del Mar, en Nueva de Llanes. Una mula ataviada al estilo oriental, que un hom­bre de más de media edad llevaba del diestro, esperaba a la Virgen. De inmediato se inicia la andadura.
La más hermosa estrella brillaba sobre el Pico de Socam­po, y una aurora plácida anunciaba la mañana próxima lle­na de tibiezas y armonías. Presurosos, dos pescadores acu­dían con sus cañas al hombro para ocupar sus atalayas al repunte de la marca. Y los dos pescadores, porque eran lim­pios de corazón, vieron el cortejo; y oyeron que el hombre que llevaba del diestro al animal dijo a la mujer con acento dulce:
-¿Aquí, mi Reina?
Alguien habló en el regazo de la mujer:
-Suena el mar, madre mía; subamos más.
Vieron entonces los pescadores que entre los brazos de aquella mujer había una corona de estrellas que alumbraba como el sol y cuyo reflejo alcanzaba y envolvía la parroquia de San Jorge; la Peña de San Antón y los acantilados de Villanueva también se alumbraron.
Creyeron los pescadores que era un encanto; tuvieron mie­do e invocaron a Santa María diciendo: ¡Ave María Purísi­ma! Pero el encanto no se deshizo. Se arrodillaron apoyando las conteras de sus cañas en las arenas de la playa y, fasci­nados por la corona de cstrcllas, cayeron desvanecidos. Las cañas tenían su sedal con tres anzuelos cada una.
Se deshizo el encanto cuando la Virgen se envolvió en su manto, ocultando cuidadosamente en su regazo el fulgor de la corona. El sueño de los pescadores quedó envuelto en las sombras.
Siguen tierra adentro. La estrella que brillaba en el Pico de Socampo había inclinado su disco más a Occidente y proyectaba su luz sobre la falda de la Peñe, mirando hacia Pría. Como siguiendo el curso de aquella luz celeste, los viajeros llegaron a Ruhazón, y por un estrecho y tortuoso sendero escalaron la ladera de la Peñe. Rendido por la fati­ga, a cierta altura, en el lugar conocido por la Valleyona, se detuvo el hombre. Tornando su mirar piadoso, preguntó a la Virgen:
-¿Aquí, mi Reina?
Ella desciñó otra vez el manto. Sobre su corazón brilló de nuevo la corona de estrellas con tanta intensidad que todo el paraje se inundó de luz; inclinó su rostro sobre la corona de estrellas que brillaba sobre su corazón y preguntó con cariñoso interés:
-¿Aquí, mi Rey?
De nuevo el Hijo hubo de contestar:
-Aún se oye el mar, madre mía; subamos más.
Prosiguieron la ascensión.
La pequeña cabalgadura pasó por la Cruz del Regón. Unos pastores, mañaneros como las alondras, tenían sus apriscos en Joncima. Los pastores, que también eran lim­pios de corazón, vieron que se iluminaba Paraperi con una lumbre maravillosa; el Niño resplandecía como un foco de luz. En el cielo no había otra luz que la de aquella estrella brillante ocultándose detrás del Pico del Sol.
Despertaron una vieja, astrosa y maldiciente, que aquella noche dormía en los apriscos, y le pidieron explicación de la maravilla:
-¡Malditos de vosotros -dijo ella- que me habéis qui­tado el sueño! Todavía es noche, nada veo. Estáis locos, pastores malditos.
Para ver la luz divina se requiere la gracia de Dios. Los pastores, que tenían diafanidad en el alma, pudieron ver con admiración que en aquella amanecida había cruzado derecho a la Paserina una Virgen bellísima sobre una mula que un hombre llevaba del ramal; que la Virgen llevaba en el regazo un precioso niño con una corona de estrellas tan luminosa que alumbraba hasta las borizas de la marina y más allá de la mar.
Atraídos por una fuerza misteriosa se fueron los pastores en pos de los viajeros, y en pos de los pastores se fueron los rebaños.
La vieja, porque no veía la celeste luz, se tumbó a dormor maldiciendo de los pastores que le habían turbado el sueño.
Una muralla de rocas atajó el paso a los viajeros. La estrella brillante se había pcultado detrás de los montes. No había paso practicable para la cabalgadura. Pero también allí llegaba el rumor rencoroso y lejano del mar: Los moros podían ganar la playa y prindar a la Virgen. El hombre vol­vió a hablar:
-Aún se oye el mar, mi Reina, y no tenemos paso. Entonces la Virgen extendió su brazo hacia la muralla de rocas y dijo:
-Ábrete, peña dura, y deja paso a mí y a mi mula.
Tembló la tierra, se estremeció el monte y, desplomándo­se un enorme bloque de roca, abrió un portillo por el que pasó la Virgen para huir del mar[2].

«De día andando en el monte,
de noche en camino real».

Llegaron a Covadonga, instalándose para siempre la Vir­gen en la Santa Cueva.
En la Peñe de Pría, también término de Llanes, a unos setecientos metros de altitud, se ve el Portellín por donde, según la tradición, pasó la Virgen camino de Covadonga, dejando la mula marcadas las herraduras en la roca en el sitio hoy llamado Patada de la Mula. En Caravia recogió Aurelio de Llano este romance:

«Allá arriba hay un portillo,
nunca le he visto cerrado,
por allí pasó la Virgen
de vestido colorado;
el vestido que traía
lo trae todo manchado,
que lo manchó Jesucristo
con la sangre del costado»[3].

En el valle de Piedra había un enorme abismo que, para dejar paso a la Virgen, se llenó con una avalancha de rocas derrumbadas al abrirse el Portellín; y al otro lado del For­cón existe un bloque rectangular de grandes dimensiones, que llaman la cama de Surpedro, en que quedó convertido el lecho de la vieja maldicente[4].

Leyenda marinera

0.100.3 anonimo (asturias) - 010




[1] MENENDEZ PIDAL, ,J., o.c., pp. 264-265; CANELL.A, F., o.c., p. 451; FEITO, J. M., Los romances de Somiedo, en BIDEA, núm. 37, Ovie­do 1959, p. 283; MARTINEZ, E., Floresta de antiguos romances, en EOA, Llanes, 17 de mayo de 1969, p. 6.
[2] Asegura la tradición que la Virgen pasó a pie y dejó la huella de su zapato en el lugar conocido hoy con el nombre de «Zapato de la Virgen». Como en el resto de España, el tema de las huellas legendarias es en Astu­rias inagotable. En ocasiones, la huella es el deterininante de la leyenda, forjada como explicación a la que invita la señal misteriosa; pero en otros muchos casos no es la idea propulsora de la leyenda, sino mera oportuni­dad para introducir un episodio.
[3] El libro de Cararia. Oviedo 1919, p. 200.
[4] MARTÍNEZ, E., Tradiciones marianas de Asturias, en BIDEA, núm. 83, Oviedo 1974, pp. 795-800. Nos contó la leyenda, por primera vez, el gran poeta y amigo Emilio Pola (1912-1967), que hasta tuvo la amabilidad de proporcionarnos una redacción antigua. Más tarde, por el año 1970, al recorrer los itinerarios de la leyenda topamos en el Valle de San Jorge con dos narraciones muy similares. Ahora nos asalta el interro­gante: ¿no se tratará de copias de algún impreso?

La condesa de fontalba

Todos, nobles y pecheros, todo el condado estaba de acuerdo: la más hermosa doncella en veinte leguas a la re­donda era la muy noble Florinda, hija del anciano conde de Peñalba. Cabellos rubios como espigas maduradas por el sol estival, ojos verdes y carnación blanca como las flores de manzano. Todos los nobles caballeros de las proximidades suspiraban por su amor. Ninguno de ellos, sin embargo, logró ganarse la simpatía de la muchacha. De sus visitas al castillo todos se volvían melancólicos, tristes, abrumados de la impertinente indiferencia de la doncella.
-¿Quieres renunciar de las alegrías y dulzuras del matri­monio? -le preguntaba su padre. Yo soy viejo y...
-No, señor -respondió ella, pero sólo me casaré con un hombre que sea hermoso, rico, fuerte, príncipe o rey.
-En amor, hija mía, más vale ternura que riqueza -apostilló el anciano.
Una tarde, cuando ya el sol veraniego doraba las altivas almenas del castillo, llegó un gentil mancebo, vestido de rojo y cabalgando sobre negro y fogoso potro. Dijo ser un poderoso señor que, desde lejanas tierras, venía atraído por la fama de la belleza de la condesa de Peñalba.
En el castillo era un día de gran fiesta. Para festejar la llegada del noble viajero celebróse aquella noche un suntuo­so banquete, donde no faltaron alagadores trovadores y ju­glares.
A la vista del gallardo desconocido sintió Florinda nacer en su corazón, frío y orgulloso, un sentimiento nuevo, algo de ardoroso que le oprimía el pecho y hacía violentamente latir sus sienes.
La estancia del misterioso huésped se prolongaba. En el castillo de Fontalba sucedíanse los festines y las cacerías. El caballero vestido de rojo era como el polo magnético que todo lo atraía. Una noche el desconocido se acercó a la jo­ven y le dijo:
-A media noche vendréis a la orilla del río; os espero en el robledal.
-Iré, señor; a las doce en punto allí estaré.
La joven llegó puntual. Llena de emoción susurró al rojo caballero:
-Heme aquí; ¿qué me queréis?
-Deciros que os amo y que os quiero como reina y se­ñora.
-Señor, os adoro.
-Pues seguidme.
-¿Y mi padre?
-Seguidme, os digo; un trono os aguarda. Venid, venid a recibir la corona que os tengo dispuesta.
Un relincho estremeció el silencio de la noche; era el ca­ballo negro que, como por encantamiento, acababa de lle­gar.
El extraño caballero montó y tendió sus brazos a Florinda.
-¿Seré reina?
-Sí, lo serás. Fe de Satán.
Y tomándola bruscamente la sentó en las grupas del ca­ballo. Una nube estruendosa y espesa los envolvió.
Desde entonces nunca más se supo de la hermosa Florin­da ni del rojo caballero. Y cuando en la anchurosa sala de castillo, no pudiendo reprimir la angustia de su corazón, el anciano conde de Fontalba daba rienda a alguna lamenta­ción, una carcajada burlona y siniestra le respondía. Sólo podía acallarla la intervención de la Cruz.
No hay memoria hoy en Fontalba del lugar que ocupó el castillo; quedan, sin embargo, hilos y retazos de la leyenda de una joven, tan rica como hermosa que, fría y orgullosa, desoyendo los consejos de su padre, se enredó en la suges­tión de un joven diablo y marchó a tierras lejanas para ser reina[1].

Leyenda mitologica

0.100.3 anonimo (asturias) - 010



[1] Recogimos la ley leyenda en San Félix, Tineo, el 22 de julio de 1969. Nos la contaron Manuel Rodríguez, de la Piñera, y Fidel Fernández, de San Facundo.

La calle del rosal

La historia de la ciudad de Oviedo, como la historia de todas las ciudades, tiene mucha relación con los nombres de sus calles, históricos unos y legendarios otros.
El origen de la calle que ocupa ahora nuestra atención se pierde en los nubarrones de la historia[1].
Dice la leyenda que la gentil damisela tenía, por su belle­za, muchos cortejantes, pero apenas conoció al joven Alfon­so quedóse Rosaura muy agradada de su persona. Con recí­proca pasión, los dos jóvenes se correspondieron: una era la voluntad de entrambos, unos los pensamientos, una el alma que en los dos había.
Los padres de Rosaura vieron con agrado que aquel hombre gallardo, rico, con muy clara alcurnia, era el mari­do que merecia serlo de su hija. Gustosos se la entregaron por esposa y él quedó recibido por yerno. Pronto se concer­tó el día del desposorio.
Sucedió, sin embargo, que por aquellas mismas fechas había hecho público el rey un edicto llamando a la guerra. Sin remedio, el joven tenía que partir.
Fue angustioso el momento de la despedida. En vano tra­taba el guerrero de consolar a su novia cuando ésta, inun­dados los ojos de lágrimas, llegó a confesarle:
-La incertidumbre corroe el corazón. ¿Cómo podré estar tranquila pensando en todo momento en lo que a ti te pue­da ocurrir?
Del jardín de su casa llevóle Alfonso un pequeño rosal. Así habló el galán:
-En tanto que este rosal no dé fruto, habrás de estar tranquila; si yo pereciera, verás cómo se cubre de rosas.
Y se despidió.
Con frecuencia llegaban a Rosaura noticias del apuesto guerrero, de su valor, de sus arriesgadas gestas; a diario subía la muchacha la empinada calzada que conducía a la ermita del Cristo del Aspra en demanda de consuelo, de noticias, de amparo para su prometido y a diario observaba el rosal.
Había pasado mucho tiempo sin nueva alguna. Un día llegó a la puerta de casa un fraile mercedario con encargos del ausente: había caído prisionero de los turcos y él le ha­bía redimido; su estado de salud no abrigaba grandes espe­ranzas; y puso en las manos de la desconsolada joven las cadenas que Alfonso había llevado durante sus días de cau­tividad.
Saltándole el corazón del pecho emprendió la joven el camino de la ermita del Cristo de sus consuelos, ofrendán­dole las cadenas de su amor. Más sosegada, aunque con un firme presentimiento, retornó a su casa. Así había sucedido: el rosal se había cubierto de rosas rojas como la sangre[2].

Leyenda naturalista

0.100.3 anonimo (asturias) - 010 



[1] El nombre de la calle aparece ya documentado en el siglo tilv, de­biendo ser bastante más antiguo; TOLIVAR FAES, J. R., Las calles de Oviedo, Oviedo 1958, p. 304.
[2] Ibíd., pp. 191 y 304; CANELLA, F., El rosal y las cadenas, Oviedo s.a.; FERNÁNDEZ MENÉNDEZ, ,J. M., Leyenda de amor y fe, en O, Oviedo 1949.

La buena pesca

Ejemplo de lo que venimos diciendo es este romance lla­nisco, del corte de los viejos, que diría Canella, y que era cantado en las saleas, especie de procesión marinera que se celebraba en Llanes por las celebraciones de la Magdalena y Santa Ana, o en ocasión de algún señalado acontecimien­to. Narra sudores marineros, sentimientos de un pueblo y aparición, con promesa cumplida, de la Virgen soberana. Ofrecemos la versión más arcaica.

«Mañanila de San Juan
a la mar salió una lancha,
remeros llevaba doce
y un patrón que los mandaba.[1]
Los marineros, saliendo
por en medio de la barra,
se encomendaron a Dios
y a la Virgen Soberana.
Llegaron a la alta mar,
tempranito, de mañana,
y en las olas de blanca espuma
la Virgen se les depara[2].
Les preguntó: -¿de do sois,
marineros?, ¿de qué patria?
-Somos de Llanes, Señora,
buena villa y muy cristiana,
y venimos a pescar
como siempre en la mar alta.[3]

La Virgen les dijo entonces:
­-hoy buena pesca os aguarda;
echad vuestros aparejos
y vuestras redes al agua
para que de peces vengan
toditas, todas cargadas
que así recompenso yo
a quien me venera y ama[4].
-¿De quién diremos, Señora,
que nos hizo merced tanta?
-Que vos la dio una mujer
de las otras extremada
y, por mejor decir,
Nuestra Señora se llama[5].
Así diciendo se fue
rodeada de nubes blancas
y ángeles mil la seguían
a la celestial morada.
Después, redes y aparejos
sacan de peces cargadas
y en cada malla venían
pescados de oro y plata»[6].

El estribillo de las saleas no podía ser mas expresivo:

«Dichoso el marinero
que cruza la mar salada».

Leyenda marinera

0.100.3 anonimo (asturias) - 010



[1] .../ y lleva siete remeros / con el patrón que los guarda.
[2] .../ .../ entre las olas del mar...
[3] -¿De dónde sois, marineros?, / ¿de dónde es esta compaña?
[4] ... que la pesca de este día / será pesca señalada, / que así recompenso yo / a quien me venera y ama / y porque asi lo mandó / mi madre Santa Ana.
[5] -¿ Y quién diremos, Señora,/ que nos hizo tanta gracia?/ -Que vos la dio una mujer / de las otras estimada.
[6] Sus redes, los marineros / sacaron todas cargadas.