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jueves, 16 de agosto de 2012

El salto del guairá

En lecho de piedras corría el río. Sus orillas cubiertas de vegetación albergaban aves vistosas de colorido plumaje y flores maravillosas de tonos brillantes. Aves y flores se confundían entre sí y al mirar no se sabía, en el abigarrado espectáculo que ofrecía la naturaleza, si se trataba de flores que volaban o de pájaros posados en las ramas. Tucanes, loros y guacamayos se unían a las orquídeas, a las achiras, a los yuchanes, a las palmeras y a las magnolias, para brindar el magnífico encanto de la selva tropical.
Enmarcada por la pujante vegetación de la floresta, se levantaba la toldería de la tribu de Capibara. Entre todos sus hijos, Capibara distinguía al único varón, Guairá, su curumí, como lo llamaba. Desde pequeño se habituó Guairá a andar con su padre, por el  que sentía tanto cariño como admiración. Con su padre salía de caza, con él había aprendido a manejar el arco y la  flecha, a dirigir la canoa, a tejer cestos, a pescar con flechas o con anzuelos. Nadie había que entendiera al cacique mejor que su  hijo, ni ninguno que supiera complacerlo con mayor fidelidad que el pequeño curumí.
Capibara, como todos los indígenas, era muy supersticioso. Creía en daños, en maleficios, en payés y en genios malignos. Para precaverse de cualquier ma1 que pudiera alcanzarlo, usaba, pendiente de su cuello; una guayaca, consistente en una bolsita bien cerrada conteniendo tres plumas del ala de un caburé. Es el caburé o caburey, una pequeña ave de rapiña a la que se le atribuyeron poderes mágicos. Por eso, el llevar tres plumas de este animal, o bien de urutaú, otra ave milagrosa, según los guaraníes, significaba una seguridad para su poseedor, que así atraía todo lo bueno que pudiera ocurrirle, alejando los peligros y teniendo su vida asegurada contra los enemigos, las enfermedades o los accidentes. No es de extrañar entonces que Capibara tuviera buen cuidado de asegurarse que su mágica guayaca no faltara jamás de su cuello.
Uno de los peligros que amenazaban de continuo a Capibara, era Ñañá taú. Este genio dañino y perverso odiaba a Capibara y no perdía oportunidad tratando de ocasionarle algún mal. Sin embargo, nunca logró su deseo, pues el cacique estaba bien protegido por su payé. Pasaron los años y el cariño y el compañerismo de Guairá y de su padre se habían afianzado en tal forma que siempre se los veía juntos y en el más cordial entendimiento. Guairá no tenía más amigo que su padre, a tal punto que los muchachos de su edad, que fueron sus compañeros de juegos cuando chicos, se habían alejado de él por completo, seguros de que su compañía, lejos de agradar al hijo del cacique, parecía fastidiarlo y molestarlo.
En cierta oportunidad Capibara y su hijo salieron a cazar a la selva lejana donde abundaban el guanaco y los jaguares. Iban bien provistos de armas y de alimentos, pues la excursión iba a ser larga a causa de la distancia que separaba la tribu del bosque al que se dirigían. Fueron días muy felices los que pasaron Capibara y Guairá tratando de conseguir las mejores piezas de caza, haciendo el mayor despliegue de astucia, de inteligencia y de viveza, acuciados por su espíritu guerrero y batallador. Muy contentos hubieran regresado a  la toldería si un acontecimiento nefasto y de tanta importancia para ellos no hubiera llenado de congoja a los cazadores.
Sin saber cómo, ni cuándo, ni dónde, la guayaca, que colgaba del cuello de Capibara y contenía el mágico payé había desaparecido. Tal vez, en el entusiasmo de la caza, al pasar por 1os intrincados senderos que debían abrir en la selva, debió quedar enganchada entre las ramas de los árboles o de las  plantas que, tupidas, crecían allí. Capibara llegó desfalleciente, con una pena muy honda en su corazón y una falta absoluta de confianza en sus fuerzas, sólo explicables si  se tiene en cuenta la fe inquebrantable que tenía en las propiedades mágicas del amuleto perdido. Desde ese día se vio desmejorar a1 cacique, y todos pensaron que Ñañá Taú iba a lograr, por fin, lo que se propusiera durante tanto tiempo sin conseguirlo: la muerte del odiado Capibara, que enfermó de un mal extraño.
Su hijo vivía desesperado. Trató de inmediato de hacer buscar otro payé para su padre, otras tres plumas del ala del caburé o del urutaú; pero hasta e momento no lo había conseguido. Resultaba tan difícil lograrlo, que eran muy pocas las personas privilegiadas que lo poseían. No desfalleció el muchacho y salió él mismo en busca del ansiado talismán.
Antes de partir, al despedirse de su padre, le dijo confiado:
- Trata de mantenerte hasta mi vuelta, padre . . . Yo buscaré y traeré para ti el payé que reemplace el que perdiste en la selva. ¡No desesperes, padre, que mi cariño me ayudará a conseguir lo que tanto deseas!
Capibara lo dejó partir; pero su desesperanza era tan grande que tuvo el convencimiento del fracaso de los buenos deseos de su excelente hijo.
Pasaron varios días. El cacique desmejoraba con rapidez y ya no había nada que lo levantara de su postración, hasta que un amanecer, cuando la vida renacía en la tierra, Capibara perdió la suya, yendo su alma a reunirse con las de sus antepasados.
Momentos antes había llamado a su esposa para decirle:
-Siento que me voy a morir…y no volveré a ver a mi Curumí . .
Dile a Guairá que mi último pensamiento ha sido para él y que en sus acciones seguiré viviendo . . .
No bien hubo pronunciado estas palabras, en un suspiro muy hondo, se extinguió la vida del cacique.
Algunos días después llegó Guairá sin haber conseguido el tan ansiado amuleto, y al enterarse de la fatal noticia de la muerte de su padre, su desesperación no tuvo límites.
Desde ese instante se 1o vio taciturno y silencioso, vagar por los lugares que recorriera tantas veces con el amado caclque.
En cierta oportunidad, no pudiendo resistir la pena que lo consumía, dijo a su madre:
-Madre, mi vida aquí es un martirio. El recuerdo de mi padre no me abandona y creo que voy a morir. Ñaña Taú, no conforme con su muerte, extiende su venganza hasta mí, a quien odia tanto como odiara a mi padre, sin duda por el gran cariño que él me tenía… Buscaré alivio a mi gran dolor en la naturaleza… Remontaré el río en mi canoa y trataré de hallar la paz que aquí me falta… Después volveré…
Nada dijo la madre; pero la pena se pintó en su rostro moreno. Guairá desató las amarras de su guaviroba, se embarcó en ella, y en un atardecer de verano, se alejó por las aguas del Paraná en busca de alivio para su pena. Navegó varios días, sin noción exacta del lugar adonde deseaba llegar.
Sus ojos, incapaces de gozar de la belleza que lo rodeaba, miraban sin ver. Cuando en un momento de lucidez trató de orientarse, se sorprendió. El lugar donde se hallaba le era completamente desconocido y no sabía qué rumbo tomar.
De pronto creyó ver una figura borrosa, que surgía de entre las plantas de la orilla para desapa­recer de inmediato, luego de haber atraído hacia ese lugar a la frágil canoa.
-¡Es Ñañá taú, que ni siquiera acá, me permite vivir en paz! ¡Su maldad no tiene límites!
Trató de cambiar el rumbo de la canoa volviendo en la dirección que traía al llegar; pero le fue imposible. No pudo hacerla retroce­der a pesar de sus esfuerzos inauditos.
La guaviroba, contra su voluntad, seguía adelante…
En  un momento Guairá se sintió perdido. Había llegado a un lugar alto, cubierto de rocas erizadas. Volvió a reunir todas sus fuerzas para detener, por lo menos, la embarcación; pero su empeño  fue en vano.
La canoa y su ocupante cayeron al vacío seguidos por una gran avalancha de agua que 1os envolvió, arrastrándolos con su empuje arrollador, deshaciéndolos contra las piedras, y cubriendo el grito lanzado por el infeliz Guairá, con el atronador estrépito del torrente despeñándose en el abismo. Así se formó el salto del Guairá, tan peligroso e imponente por ser el producto del odio y del rencor de Ñañá taú, el maléfico genio guaraní.

Referencias

El salto del guairá
El río Paraná, que riega gran parte de territorio argentino, contribuyendo a la formación de la Mesopotamia Argentina, nace en Brasil, recorriendo 4.500 kilómetros hasta .su desembocadura en el río de la Plata.
En su curso superior, conocido como Alto Paraná (Brasil), corre por regiones montañosas y su corriente es muy rápida  Su lecho, al ensancharse, llega a medir 4.200 metros.
Al llegar a la sierra Maracayú su cauce se estrecha y el gran caudal de agua se ve forzado a pasar por un espacio de 60 metros en un lecho de piedras irregulares al borde de un abismo, dando formación, por esa causa, al famoso salto del Guairá, en el que las aguas se precipitan desde 30 metros de altura con un ruido tan ensordecedor que se oye desde seis leguas y que al acercarse se tiene la impresión de que las rocas temblaran bajo los pies. El estruendo, más atronador que el estallido de cien cañones disparados al mismo tiempo causa tal espanto a las aves, que en los bosques de las orillas no se ve ninguno de estos animales.  
Los llamados Saltos del Guairá en Paraguay y Sete Quedas en Brasil no existen más, los tapó el agua del progreso (la Represa de Itaipú), y si el río está muy pero muy bajo se ve sólo la punta de ese peñón. La siete caídas están debajo del lago de Itaipú.

El caburé
El caburé es una pequeña ave de rapiña. De plumaje color pardo con manchas blancas, más visibles en el pecho, tiene dos manchas oscuras en la parte superior del cuello. Sus patas son fornidas y la cabeza grande es desproporcionada con relación al resto del cuerpo.
Su mirada es feroz y serena y con ella cautiva a otras aves, a las que mata para devorarles las entrañas y la cabeza. Sobre la base de esta virtud de dominar a las otras aves, a las que atrae e hipnotiza, las gentes sencillas y supersticiosas le adjudicaron poderes magnéticos que hicieron extensivos a los hombres.  Así afirmaban que el caburé o sus plumas, muy difíciles de conseguir, atraían los buenos acontecimientos al que llevara consigo tres de dichas plumas, librándolo de todo peligro y asegurándole éxito en las empresas. A este amuleto los guaraníes lo llamaban payé y los quichuas huacanque o guacanque.

Vocabulario
CAPIBARA: Carpincho
CURUMÍ: Chiquillo
PAYÉ: Amuleto
GUAYACA: Bolsita donde llevaba el payé
ÑAÑA YAÚ: Genio o fantasma del mal
GUAVIROBA: Canoa
YUCHÁN: Palo borracho

 037. anonimo (guarani)

El sacramento de la extremaunción

Un día fueron a buscar a Paí Pajarito para administrar a un moribundo el Sacramento de la Extremaunción. Era una fría, nublada y destemplada tarde de invierno y el sacerdote no contaba con más abrigo que el de su raída y desteñida sotana. Arrollándola a la cintura para que no entorpeciera sus movimientos, saltó sobre el flaco caballejo que le llevaron ensillado, no sin haberse munido antes de los adminículos indispensables, y se puso en marcha. El recorrido que había que hacer era largo. Nublóse el cielo de improviso y un vientecillo que cortaba, empezó a soplar del sur, haciendo más intenso el frío. Allá a las cansadas llegaron a un "bolicho", de cuyo dueño era amigo el fraile. Junto a la puerta había un hombre parado, a quien igualmente conocía. Cambiados los saludos de estilo, rogóle le hiciera el servicio de pedir en el bolicho, a su nombre, una copa de caña. Sentía adormecérseles las piernas colgantes a los lados del caballo, pues a su recado le faltaban los estribos-, y que si no avivaba en esa u otra forma la circulación de su sangre, corría el riesgo de no llegar. Luego que hubo bebido el primer trago, el amigo le preguntó a dónde iba con ese tiempo tan malo.
-A dar la Extremaunción a un moribundo -contestó. Ya sabe que la muerte no espera para llevarse a uno, a que el tiempo se componga.
-¿Como es que por ninguna parte veo al Santo Cristo indispensable en tales casos?
Entonces, levantando la mano, sin volverse, y enseñando hacia atrás con el pulgar, el Cristo que llevaba amarrado al recado con los tientos, contestó: Aiporo nipó coba arajaba che raquicuépe jae pteí yaguá repotí (entonces este que llevo atrás será un excremento de perro).
Dicho lo cual bebió lo que restaba del brebaje, arrojó la copa al suelo y taloneando al jamelgo que montaba, arrancó con recio galope. De esta manera, el sacerdote que tenía aferrados los pies al suelo, pero cuya cabeza a menudo se perdía entre las nubes, ofreció en rudo contraste, lo más feo y repugnante que hay en la tierra como es el vicio de beber, con lo más bello y grande que nos ha otorgado el cielo: el amor al prójimo.

037. anonimo (guarani)

El pombero

El Pombero es uno de los genios de la naturaleza más difundidos en la región guaranítica. También ha variado diversificándose la creencia popular que lo explica y la concibe. La más antigua noticia que tenemos del Pombero es la del genio protector de los pájaros en la selva, que se presentaba a los niños cazadores como un hombre muy alto y delgado."

"Las versiones modernas, en general, lo dan como a un hombre bajo y retacón que puede perjudicar, pero que puede hacerse amigo de los campesino que le ofrecen tabaco y algún alimento, y en ese caso les hace grandes servicios."

"Es común a la tradición popular del Paraguay. Su nombre guaraní es Cuarahú-Yara; la traducción de este nombre es Dueño del Sol, común en la Argentina, como sinónimo de Pombero." (Extraido del libro de Berta Vidal de Battini)
                         
Jorge Martínez, por su parte señala que "En la sociedad paraguaya y guaraní, el Pombero tiene una significación mayor: él es el responsable del nacimiento de los niños extramatrimoniales, visto desde el lado "occidental". El relato de cualquier paraguayo es que el Pombero llega de noche a la casa donde existen mujeres solas, y que si ellas no les dan un cigarrillo y un poco de vino, con sólo tocarles el vientre las embarazan. Es por eso que en una canción popular, como es María va, se dice Temor pombero, cual madre espero... "
"Lo cierto es que además, dicho mito, sigue en este año 2000, existiendo y no sólo entre la gente sin estudios, sino incluso entre estudiantes universitarios a los que he analizado. "
"Hace menos de un mes, a uno de ellos le referí la historia del Pombero como un mito, y se ofendió, diciéndome que él mismo lo había visto y que así como embaraza a las mujeres, con los hombres puede ser un juerguista insoportable o un aliado valioso, tanto en las cosechas como en sus propias relaciones con las
mujeres. La sensación que me transmitió del Pombero fue tan vívida, que por poco me lo creí."
"Creo que un error que a veces podemos cometer es pensar en los mitos como en algo que pasó, no como algo viviente, que hoy en día sigue sustentándose a partir de experiencias como las que acabo de relatar."
"Si bien mi conocimiento del Pombero, comenzó hace casi 20 años a través de una empleada doméstica paraguaya, cuando me fui internando en la cultura de ese país por otros fines (el estudio de la esposa -o amante, como quiera decirse- del Mariscal Francisco Solano López, Lady Elisa Linch), descubrí que tiene una presencia casi tan importante como el Espíritu Santo dentro de la mitología católica."
                         
Fuente: http://www.cuco.com.ar

037. anonimo (guarani)

El origen del pilcomayo y del bermejo

Cuenta la leyenda que cuando terminó la creación, Tupá, Dios de los guaraníes, confió a Guarán la administración del Gran Chaco, que se extendía más allá de la selva. Y Guarán comenzó la gran tarea: cuidó de la fauna y de la flora, de la tierra, de los ríos y de los montes, y también gobernó sabiamente a su pueblo. Logró, de esta manera, una verdadera civilización.
Guarán tuvo dos hijos: Tuvichavé, el mayor (impetuoso, nervioso y decidido), y Michiveva, el menor (más reposado, tranquilo y pacífico).
Antes de morir, Guarán les entregó a ellos el manejo de los asuntos del Gran Chaco. Fue entonces cuando comenzaron las peleas entre los dos hermanos: ambos tenían opiniones diferentes sobre cómo administrar las diversas necesidades de la región.
Aprovechando la oportunidad, un día se les apareció el genio del mal, Añá, que les aconsejó que compitieran entre sí con destreza para resolver las cuestiones que los enfrentaban. Tuvichavé y Michiveva, cegados por sus diferencias, decidieron hacerle caso. Subieron a los cerros que bordeaban el Gran Chaco y para disputar su hegemonía sobre la región acordaron realizar diversas pruebas de destreza, de resistencia y habilidad, especialmente en el manejo de las flechas.
En una de esas pruebas, Michiveva lanzó una flecha contra el árbol que servía de blanco; Añá hizo de las suyas: la desvió y logró que penetrara exactamente en el corazón de Tuvichavé.
La sangre brotó a borbotones, con fuerza. Comenzó a bajar por los cerros, llegó hasta el Chaco, se internó en su territorio y formó un río de color rojo: el I‑phytá (Bermejo).
Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, de las consecuencias de ese inútil enfrentamiento, Michiveva estalló en llanto. Y lloró tanto que sus lágrimas corrieron tras el río de sangre de su hermano: así se formó el Pilcomayo, siempre a la par del Bermejo.
El Gran Chaco quedó sin jefe, pero siguió prosperando bajo el cuidado de la naturaleza, enmarañado, impenetrable, surcado por el río de aguas rojas, nacido de la sangre del corazón de Tuvichavé.

037. anonimo (guarani)

El mainumbí y el curucú

Mientras Tupá sé hallaba formando el mundo y poblándolo con los seres que hoy vemos en él, su tarea era ímproba e ininterrumpida. Las aguas lamían las tierras creadas y un firmamento muy azul limitaba el espacio con una bóveda de nubes. El sol, recién salido de las manos de Tupá, enviaba haces dorados de luz que daban calor y brillantes matices a las plantas terminadas de crear  y que embellecían la tierra con el  verdee de ramas y hojas, y los rojos, los blancos, los amarillos y los azules de sus pétalos de seda.
 Tupá miró su obra y decidió poblar los aires y las aguas. Entonces formó las aves y los peces. Los aires se llenaron de alas y los árboles de nidos. Las más bellas y delicadas avecillas y las más fuertes y poderosas surgían de las manos todopoderosas de Tupá y buscaban el árbol o la montaña que las habría de cobijar. Tan entusiasmado estaba Tupá con su obra alada, que resolvió hacer una joya que surcara el aire despertando la admiración de todos por su belleza, por su color, por su aspecto, por su forma de volar.
Tomó un poco de arcilla, muy poca, y le dio una forma graciosa de leve aspecto; le agregó las alitas tenues y movedizas, una cola preciosa; un pico muy fino y largo para que la nueva avecita lo pudiera introducir en las flores en busca del néctar contenido en  su interior, y cubrió el cuerpecito de finísimas y sedosas plumas.
Mezcló luego los más bellos colores con rayos de sol para darles reflejos irisados y con ellos pintó las plumitas de la nueva avecilla que, ya terminada, batió sus alas pequeñas y en vuelo gracioso y sutil comenzó su recorrido de flor en  flor, temblando sobre ellas y sin posarse en ninguna.
Según los guaraníes, la llamó mainumbí. Tupá, satisfecho, la miró alejarse, seguro de haber creado la más bonita, la más graciosa, pequeña y sutil de las aves, sólo comparable a la más hermosa flor. No sólo Tupá tenia esa idea. De ella participaba también Añá, a quien la envidia inspiraba todos sus actos y que, no habiendo perdido detalle de la creación de la última obra de Tupá, escondido detrás de unos árboles desde donde le era fácil espiar, decidió él mismo, siguiendo en todas sus partes el  procedimiento usado por el Dios bueno, hacer una obra exacta a la realizada por él. Tuvo buen cuidado de realizarla- con la  misma arcilla, de la que tomó un buen trozo, sin duda, para que no le llegara a faltar. La amasó, la acarició con sus largas y ganchudas manos tratando de darle elegante forma, imitando la que, de lejos, había visto hacer a Tupá.
No consiguió tantos colores para terminar su creación, pero no le dio mayor importancia, y con el verde, el negro y el blanco amarillento que halló, pintó la arcilla. Miró su obra convencido que bien podía competir con la dé Tupá, y -muy conforme con ella- la tomó entre sus dos manos, la levantó en el aire, y,  allí, dándole un pequeño impulso, trató de echarla a volar. Pero en el mismo momento que la libró de la prisión que la contenía y dirigió la vista hacia lo alto, esperando verla llegar, un ruido sordo se oyó en la tierra. Miró sorprendido Añá, y un gesto de estupor cambió su expresión satisfecha. Su obra, en lugar de volar, había caído al suelo, de donde  salió dando saltos; contra todas las suposiciones de su creador, para ir a ocultarse entre las piedras del camino.   
Añá, muy a su pesar, y contra su voluntad, creyendo crear un pájaro, había creado al cururú.
                        
Referencias
El mainumbí (picaflor) es un hermoso y diminuto pajarillo de América, que ofrece el encanto de su plumaje, en el que se confunden los colores del iris.
Tiene tres centímetros de largo. Su plumaje brillante de color verde azulado, con reflejos dorados en el cuerpo, la cabeza y el cuello, lo convierten en una verdadera joya alada. El pecho y el vientre son de color gris claro, y las alas y la cola, negro rojizo.
Posee un pico largo y afilado que puede introducir con facilidad en las flores para tomar el néctar. Su verdadero nombre es pájaro mosca; pero nosotros lo llamamos "picaflor" porque siempre se lo ve libar el néctar de las flores, o "tente en el aire", porque nunca se posa en ninguna de ellas para tomar el alimento; otros le dicen “colibrí”. Los quechuas lo llaman quentí; los guaraníes, mainumbí.
El cururú (sapo) es un batracio que mide nueve centímetros desde lo alto de la cabeza hasta el extremo del dorso. Su cuerpo grotesco, que da la sensación de torpeza y falta de gracia, es grueso y bajo ; los ojos son saltones y la boca muy grande. Las patas son cortas terminadas en cinco dedos. Se traslada de un lugar a otro por medio de saltos. Tiene el cuerpo cubierto de una piel gruesa de color verde pardusco llena de verrugas y replegada detrás de las orejas. De ella fluye un líquido  viscoso, blanquecino, de olor fétido. El vientre es blanco amarillento. Se alimenta de insectos y de gusanos que sale a cazar durante la noche. De día vive oculto entre las piedras. En guaraní se lo llama cururú; en quichua, arnpatu. día vive oculto entre las piedras.
En guaraní se lo llama cururú; en quichua, arnpatu.
             
Vocabulario
AÑA: El demonio
MAINUMBÍ: Picaflor
CURUCÚ: Sapo 

037. anonimo (guarani)

El guaimi-mgüe

El gran Cacique Pearé (Noche) era célebre en todas las comarcas de habla guaraní. Su hija Koembiyú (Estrella), que debió este nombre a su gran belleza, causaba admiración a quienes la veían, y su hermosura se hizo tan famosa, que desde tierras lejanas llegaban poderosos caciques dispuestos a conocerla y ofrecerle los mejores presentes.
  Costosas plumas de garza blanca, pieles de los animales más raros, tejidos de plata, brazaletes de oro, piedras preciosas y mil regalos dignos de una reina depositaban a sus pies los más encumbrados jefes que deseaban hacerla su esposa.

Nada de esto logró despertar el amor de la bella Koembiyú. Ninguno de sus pretendientes consiguió ser aceptado por esposo.
Pero Pearé, en el deseo de casar a su hija y tener así quien le sucediera en el poder, decidió celebrar una gran reunión en la que Koembiyú debía elegir esposo entre sus admiradores.
Todos los pretendientes se prepararon para participar en el gran torneo que se llevaría a cabo dentro de tres lunas. El que resultara vencedor tendría el derecho de tomar como esposa a la hija del Cacique.
Difíciles pruebas se cumplirían en el torneo. Deberían presentar a la bella: el jaguar más hermoso de la selva, el pájaro de canto más armonioso y el pez de colores más brillantes, que cuidaban con gran esmero las Cuña-Payés (hechiceras).
Los peligros son enormes, pero los jóvenes guerreros los aceptan con gusto, dispuestos a conseguir la preferencia de la hermosa india.
A medida que la fecha de la fiesta se acerca, van llegando a la tribu los pretendientes, escoltados por numeroso séquito que canta las hazañas de sus jefes y transporta los más ricos regalos para la prometida.
Llega el ansiado momento de la fiesta. Es un día de primavera.
En un claro del bosque está la tribu reunida. El cacique Pearé, con sus mejores galas, preside la fiesta. Un poco alejada está Koembiyú que, más hermosa que nunca, ha adornado su cabeza con una guirnalda de blancas flores silvestres; en su cuello brillan collares de piedras de colores; sus brazos ostentan ricos brazaletes de oro y esmeraldas, y cubre su cuerpo bronceado un fino tejido de plata.
Se sirve a los concurrentes miel y chicha. El entusiasmo aumenta. La fiesta va a comenzar.
Koembiyú, recostada contra un corpulento árbol, mira a lo lejos, sin prestar atención a la fiesta que se celebra en su honor.
De pronto toma una expresión diferente. Una luz ilumina su rostro. Parece escuchar con agrado a un desconocido que le ofrece su amor y protección.
Al verlo, sonríe con dulzura y se da cuenta de que ahí está el que ha despertado su corazón. Ese joven ha de ser su esposo.
Inmediatamente comunica a su padre:
-¡Padre! ¡Padre! Que el torneo no comience. Ya ha llegado aquel que esperaba. ¡El elegido para esposo está aquí!
-¿Quién es el desconocido que pretende así robar mi más preciado tesoro? -grita airado el Cacique.
-¡Padre!, escuchad: No es un guerrero ni un rico jefe, pero ha venido de muy lejanas tierras, ha cruzado bosques y ríos y ha despertado mi cariño y conquistado mi corazón.
-¡Mostradme a ese joven! -ordena el jefe.
Y Koembiyú presenta a su padre, a un joven pobremente vestido, cubierto su cuerpo con un manto descolorido y sucio con el polvo del camino.
Su pobre figura resulta empequeñecida al lado de los otros pretendientes lujosamente ataviados y con plumas de colores brillantes en sus orgullosas cabezas.
Pearé desaprueba la elección de su hija. Echa al desconocido de su presencia y se opone a que Koembiyú lo acepte como esposo.
La pobre niña, muy triste, baja la cabeza. Por sus mejillas resbalan lágrimas de pena; pero debe obedecer a su padre...
Se da vuelta para decir adiós a su elegido, y se asombra al verlo transformado.
El desconocido se ha quitado el raído manto que lo cubría, quedando convertido en un gallardo joven de rubios cabellos y de ojos azules que le dice:
-Soy el Hijo del Sol, que enamorado de tu gracia y tu bondad, hermosa Koembiyú, vine a pedirte por esposa; pero el orgullo y la vanidad de tu padre han producido mi enojo y, en castigo, te convertirás en pájaro que al adorarme, llorará tus penas.
En ese mismo instante, la hermosa india se transformó en un pájaro
Desde entonces, al atardecer, cuando el disco rojo del Sol se esconde en el horizonte, se oyen en la selva los lamentos quejumbrosos de una ave. Es el "guaimi-mgüe" (Hija del Sol) que en el canto traduce la pena y el dolor que causara a la bella Koembiyú la decisión de su padre guiado por la codicia y la soberbia.

Volabulario
Pearé: Noche
Koembiyú: Estrella
Cuña-Payé: Hechicera
Guaimi-Mgüé: Hija del Sol

Estas leyendas fueron adaptadas de la Biblioteca "Petaquita de Leyendas", de Azucena Carranza y Leonor M. Lorda Perellón, Ed. Peuser, Bs. As. 1952 y de "Antología Folklórica Argentina", del Consejo Nacional de Educación, Kraft, 1940.

037. anonimo (guarani)

El chajá: vigía de los guaraníes

El anciano Aguará era el cacique de una de las tribus guaraníes. En su juventud, el valor y la fortaleza lo distinguieron entre todos, pero ahora, débil y enfermo, buscaba el consejo y el apoyo de su única hija, Taca, que con decisión lo acompañaba en sus tareas de jefe.
La muchacha manejaba el arco con toda maestría, y en las partidas de caza, a ella correspondían las mejores piezas. Todos la admiraban por su destreza y la querían por su bondad. Muchas veces había salvado a la tribu en momentos de peligro, reemplazando al padre que, por la edad y por la salud resentida, estaba incapacitado para hacerlo.
Además de todas estas condiciones, Taca era muy bella: de ojos negros y expresivos, en su boca de gesto decidido y enérgico siempre lucía una sonrisa. Dos largas trenzas negras le caían a los lados del rostro; un tipoy cubría su cuerpo hasta los tobillos y lo ceñía a la cintura con una hermosa chumbé.
Las madres de la tribu recurrían a ella como la protectora dispuesta siempre a sacrificarse en beneficio de los otros, seguras de encontrar el remedio salvador cuando sus hijos se hallaban en peligro.
Los jóvenes la admiraban por su bondad y por su belleza, y la mayoría se había enamorado secretamente; muchos, incluso solicitaron al cacique el honor de casarse con tan hermosa doncella. Pero Taca los rechazaba: su corazón ya tenía un dueño.
Ará‑Ñaró, un valiente guerrero que por aquella época andaba cazando en las selvas del norte, era su novio. Con él pensaba casarse cuando regresara. Entonces el viejo cacique encontraría en su nuevo hijo quien lo reemplazase en las tareas de jefe.
La vida de la tribu transcurría tranquila, hasta que Carumbé y Pindó, que habían salido con Petig en busca de miel de lechiguana, volvieron azorados trayendo una horrible noticia. Al llegar al bosque en busca de panales, cada uno de ellos tomó una dirección distinta. Mientras cumplían su faena, oyeron unos gritos desgarradores. Se trataba de Petig, que, sin tiempo ni armas para defenderse, había sido atacado por un jaguar cebado con carne humana y nada pudieron hacer sus compañeros para salvarlo. El animal mató al indio, lo destrozó con sus garras. Casi ni rastros quedaron de él...
Carumbé y Pindó no tuvieron más remedio que huir y ponerse a salvo. Llegaron jadeantes y sudorosos y contaron lo sucedido.
La noticia causó consternación y miedo en la tribu, porque hasta entonces ningún animal salvaje se había acercado al bosque donde ellos iban a buscar frutos de banano, de algarrobo y de burucuyá, que les servían de alimento.
Desde ese día todos perdieron la serenidad: por eso guardaron precauciones, aunque resultaba imposible impedir que el jaguar merodeara continuamente. Muchas fueron las víctimas del sanguinario animal.
El Consejo de Ancianos se reunió para tomar una determinación que pusiera fin a semejante amenaza. Decidieron que sería necesario asesinar a quien tantas muertes producía. Para conseguirlo, un grupo de valientes debía buscar y hacer frente a la terrible fiera, hasta terminar con ella.
El cacique aprobó la determinación de los Ancianos. Pidió que se presentaran ante él los jóvenes de la tribu listos para llevar a cabo esta empresa.
Grande fue la sorpresa del jefe cuando comprobó que solo se acercó un solo muchacho: Pirá‑U.
De los demás, ninguno quiso exponer su vida.
Pirá‑U sentía gran admiración por el viejo cacique. En cierta ocasión, hacía muchos años, Aguará había salvado la vida de su padre, de quien era gran amigo. Fue un verdadero acto de heroísmo, el cacique había puesto en peligro su propia vida. Él, en ese entonces un niño, quedó agradecido para siempre y esta resultaba la única oportunidad para demostrarlo. Sería el encargado de librar a la tribu de tan terrible amenaza.
Sin ayuda de nadie, confiando en su valor y en la fuerza que le prestaba la gratitud, partió a cumplir tan temeraria empresa. Gran ansiedad reinó en la tribu al siguiente día. Todos esperaron al valiente muchacho, deseosos de verlo llegar con la piel del feroz enemigo.
Las esperanzas se desvanecían.
Pirá‑U no regresaba.
Y hubo una nueva víctima del jaguar.
Se reunió el Consejo y se pidió la ayuda de los jóvenes guerreros. Pero esta vez nadie respondió... el miedo resultaba demasiado poderoso. Era increíble que justo ellos, que habían dado tantas veces pruebas de valor y de audacia, se mostraran tan cobardes.
Taca, furiosa, reunió al pueblo y gritó:
‑Me avergüenzo de pertenecer a esta tribu de cobardes. Estoy segura de que si Ará‑Ñaró estuviera entre nosotros, se encargaría de matar al sanguinario animal. Pero en vista de que ninguno de se ustedes es capaz de hacerlo, yo iré al bosque y volveré con su piel. Deshonor les traerá reconocer que una mujer tuvo más osadía: ¡Cobardes!
El padre se opuso a que Taca llevara a cabo una empresa tan peligrosa. ¿Qué haría el pueblo sin ella? ¿Qué sería de él si a ella le pasaba algo?
‑Hija mía ‑le dijo‑ tu decisión me honra y me demuestra una vez más que eres digna de tus antepasados. Mi orgullo de padre es muy grande. Te quiero y te admiro, pero la tribu te necesita. Mi salud no me permite ser como antes y sin tu apoyo no podría gobernar.

‑Padre, cuento con la ayuda de los dioses, volveré con mi presa ‑dijo muy segura‑. Si permitimos que el sanguinario animal continúe con sus desmanes no podremos llegar al bosquecito en busca de alimentos, y la vida aquí será imposible.
Fue tal la resolución de la joven que el anciano tuvo que acceder. Las razones que le daba su hija eran justas y claras, y no había otra manera de librarse de enemigo tan cruel.
Taca empezó con los preparativos para ponerse en viaje ese misino día al atardecer.
A punto de partir, varios jóvenes trajeron la noticia de que los cazadores que habían ido a las selvas del norte se acercaban, que estaban a corta distancia de los toldos.
Fue para Taca una noticia que la llenó de placer y de esperanza. Entre los cazadores venía Ará‑Ñaró, su novio, y Taca abrigó la esperanza de que él podría acompañarla para matar al jaguar. Impacientes, aguardaron la llegada de los bravos cazadores, los que se presentaron cargados de innumerables animales muertos, pieles y plumas, obtenidos después de tantos sacrificios y peligros.
La tribu los recibió con gritos de alegría y de entusiasmo. Delante de todos se hallaba el cacique y su hija Taca, rodeados por los ancianos del Consejo. El viejo Aguará saludó a los valientes muchachos, que se apresuraron en mostrarle las piezas más hermosas.
Ará‑Ñaró, después de agasajar al jefe, como una prueba de su gran amor, le ofreció a Taca un presente: una colección de las más vistosas y brillantes plumas de aves del paraíso, de tucán, de cisne, de garza y de flamenco. El gozo y la satisfacción se notaron en el rostro de la doncella, que con una apretada sonrisa le agradeció.
Después... cada uno volvió a su toldo. Aguará, Taca y Ará-Ñaró quedaron solos. El sol se había ocultado detrás de los árboles del bosque cercano. Las nubes fueron teñidas por un reflejo rojo y oro; desde lejos, se oyó el grito lastimero del urutaú.
En ese momento, el viejo cacique le comunicó a Ará‑Naró el mal que amenazaba a su pueblo y la decisión de su hija. El joven guerrero no daba crédito a lo que escuchaba ¿Cómo era posible que solo un indio se hubiera atrevido a enfrentar al animal? ¿Qué clase de hombres componían la tribu si aceptaban que la peligrosa empresa la llevara a cabo una mujer?
‑Todos le temen al jaguar, creen que es un enviado de Añá imposible de vencer ‑fue la respuesta de Aguará.
Sin poder cambiar la decisión de la joven, Ará‑Ñaró resolvió acompañarla, y cuando la luna envió sus primeros destellos sobre la tierra, marcharon en pos del enemigo.
La esperanza de terminar con él los alentaba. Cuando llegaron al bosque, Ará‑Ñaró aconsejó prudencia a su compañera, pero ella, con el deseo de acabar de una vez por todas con el carnívoro, adelantándose, lo animaba:
‑¡Yahá!... ¡Yahá!... (¡Vamos! ¡Vamos!).
Cerca de un ñandubay, se detuvieron. Habían oído un rozamiento en la hierba. Supusieron que el jaguar estaba cerca. Y no se equivocaban...
Al salir del matorral vieron dos puntos luminosos que parecían despedir fuego. Creyeron que se trataba de los ojos de la fiera, que buscaba a quienes pretendían hacerle frente.
Y al acercarse un poco más, lo confirmaron.
Ará‑Ñaró apartó a su novia y la obligó a permanecer detrás de un añoso árbol. Casi de improviso, se le abalanzó.
Fueron momentos trágicos. ¡El hombre y la fiera luchaban por su vidas! Ará‑Ñaró era valiente, pero el jaguar contaba con demasiada fuerza salvaje. Taca, que desde su escondite seguía con ansiedad una lucha tan desigual, se estremeció: un zarpazo desgarró el cuello del indio, al mismo tiempo que hería con su cuchillo al animal. Juntos rodaron, mancharon la tierra de sangre.
Taca corrió hasta la bestia agonizante, que con sus últimas fuerzas la atacó en un nuevo combate.
Todo fue en vano. En esa prueba de valientes, ninguno salió victorioso.
Taca, Ará‑Ñaró y el jaguar pagaron su heroísmo con la vida...

En la tribu intuían la muerte de los jóvenes. El viejo cacique, cuya tristeza era cada vez mayor, fue consumiéndose, hasta que Tupá, condolido de su desventura, lo mató.
Todos lloraron al anciano Aguará, que había sido bueno y valiente, y de quien la tribu recibiera tantos beneficios.
Entonces prepararon una gran urna de barro y, después de colocar en ella el cuerpo del cacique, pusieron sus prendas y, como era costumbre, provisiones de comida y bebida. En el momento de enterrarlo, en el lugar que le había servido de vivienda, una pareja de aves, hasta entonces desconocidas, apareció grítando: ¡Yahá!... ¡Yahá!...
Taca y Ará‑Ñaró, convertidos en aves por Tupá, volvían a la tribu de sus hermanos.
Justamente ellos los habían librado del feroz enemigo y, desde ese momento, serían sus eternos guardianes, encargados de vigilar y avisar cuando vieran acercarse algún peligro.
Por eso, el chajá, como lo llamamos ahora, sigue cumpliendo el designio que le impusiera Tupá, y cuando advierte algo extraño, levanta el vuelo y da el grito de alerta: ¡Yahá!... ¡Yahá!...

Tiene el lomo y la cola de color pardo verdoso; la cabeza negra con dos listas blancas, que, partiendo del pico, adornan ambos lados de la cara; la garganta y parte del pecho son blancos; el resto de este último y el abdomen ostentan un color amarillo vivo, color que luce también en el copete, que termina en negro.
El pico, de color negro, lo mismo que las patas, es tan largo como la cabeza, terminado en un gancho bien pronunciado. Las alas, alargadas, llegan hasta la mitad de la cola, que es, asimismo, alargada y además cuadrada.
Aunque se alimenta también de lombrices y de otros gusanos, es animal insectívoro, causa por la cual difícilmente puede vivir en cautividad. Prefiere atrapar los insectos al vuelo, o bien de las ramas y de las hojas.
Construye su nido, grande, en forma esférica, con lanas, ramitas y paja, en horquetas o en las ramas de los árboles, colocándole la entrada al costado. Pone huevos de color amarillento con manchas parduscas.
Vive en lugares donde hay arboleda, generalmente cerca de las poblaciones.
Su vuelo es recio, alcanzando mayores alturas que otros pájaros.
Es muy valiente, capaz de hacer frente a algunas aves rapaces, de las que se defiende con valor y a las que obliga a alejarse de las cercanías de su nido, favoreciendo así a otras aves indefensas y hasta a las aves de corral.
Su grito agudo y prolongado, en el que algunos creen oír: benteveo, otros pitogüé, o bichofeo, pitaguá, quetubí, pitojuán y otros, es el que da origen al nombre que lleva y que varía según las diferentes regiones que habita.
En nuestro país vive desde Buenos Aires, San Luis y Mendoza hasta el límite norte, de Jujuy a Misiones. En algunos lugares se tiene la creencia que cuando el benteveo grita a mediodía, junto a una casa, avisa la llegada de gente inesperada: parientes, amigos o personas extrañas.
En otras partes atribuyen su grito cerca de una casa a un anuncio de nacimiento.

Esta leyenda fue extraída de la Biblioteca "Petaquita de Leyendas", de Azucena Carranza y Leonor M. Lorda Tomo XIX: URPILA (Torcaz)

Vocabulario
AKITÁ: Terrón
MONDORÍ: Cierta clase de abeja
TUYÁ: Anciano, viejo
PIRAYÚ: Dorado (pez)
PACÚ: Pez grande de agua dulce
PATÍ: Pez grande sin escamas
SURUBÍ: Especie de bagre grande
SAGUA-Á: Arisco
CUMINÍ: Niño
TEMBIRECÓ: Esposa
IGA: Canoa
INIMBÉ: Lecho
PITO GÜÉ: Cachimbo que fue
TUPÁ: Dios bueno
OGA MÍ: Casita

037. anonimo (guarani)

El caburé

El caburé o cabureí es un pájaro de la región chaqueña de gran ascendencia sobre las demás aves de la selva.
Se dice que a su llamado acuden todos los pájaros de la floresta entre los que elige su víctima.  Esta triste fama del caburé ha servido para que la gente le atribuyera poderes desconocidos y utilice sus plumas como "payés" o amuletos, para obtener ventajas espirituales y materiales, suerte en el amor, en el juego, en la guerra, etc. Es creencia. que esos amuletos colgados sobre el pecho, dan un poder irresistible a quien los lleva.
En esta larga guerra entre Dios y el Demonio que culminará en el Juicio Final, sucedió una vez que Tupang (Dios), Qreó un hermoso pájaro, Señor y Rey de los cantores. Lo hizo magnífico, como todas sus creaciones, deslumbrante, y de voz maravillosa, para que las demás avecillas, en un anhelo de superación emularan entre sí para alcanzar su voz, su porte y donosura.
Pronto el caburé difundió el sortilegio divino de su voz, hechizando con su canto a todos los moradores de la selva que le rodeaban, embelesados, dominados por la magia de sus trinos.
Así fue el caburé en un principio y así le conocieron generaciones y generaciones de aves de la selva y la floresta.
Pero el Rey de los cantores tenía un talón de Aquiles, un punto vulnerable como todos los elegidos. No debía ser sorprendido durante el sueño a solas. Pero una noche, por conjuro de los hados negros, el hermoso cantor se encontró solo en la espesura. Había desgranado todo el día el concierto prodigioso de su voz, y fatigado, quedó dormido. Aprovechó Añang esta ocasión única y le introdujo el maleficio.
Al día siguiente el caburé ya no era el mismo. Su voz había degenerado y su mansedumbre se había trocado en ansias incontenibles de crimen. Ya no cantó más para embelesar. a las avecillas de Dios, sino para elegir su presa. Este cambio psíquico, trajo también lentamente su cambio físico. El caburé, pervertido, criminal, maldito, perdió sus hermosas formas tomando un aspecto vulgar. Pero las humildes avecitas de la selva, por efecto todavía de aquel influjo mágico que Tupang le dió, acuden a su llamado fatal, donde pagan con la vida su devoción a la melodía y la belleza…

037. anonimo (guarani)

El benteveo

Cuando Akitá y Mondorí se casaron, ocuparon una cabaña construida con varios horcones clavados en la tierra y cubiertos con ramas y con hojas de palmera. La nueva oga mí estaba en plena selva misionera.
Cerca, el gran Paraná pasaba impetuoso formando pequeños saltos en las piedras que encontraba al paso.
Al morir la madre de Akitá, su padre, que quedara solo, les pidió albergue en su cabaña y, como buenos hijos, recibieron con cariño al pobre tuyá a quien la edad y las enfermedades habían restado energías y capacidad para trabajar. A pesar de ello él trataba de no ser una carga para sus hijos, a los que ayudaba en lo que le era posible.
Para entonces ya había nacido Sagua-á, que al presente contaba ocho años.
Una de las tareas del abuelo, y que por cierto cumplía con sumo agrado, era atender al pequeño mientras sus padres, por su trabajo, se veían obligados a alejarse de la cabaña.
Grandes compañeros eran el abuelo y el nieto. Jugando, aquél le enseñaba a manejar el arco y la flecha y nada había que distrajera más al niño que ir con él a pescar a la costa del río.
Cuando sus padres volvían, era su mayor orgullo mostrarles el surubí, el pirayú, el pacu o el patí que habían conseguido y que muchas veces ya se estaba asando en un asador de madera dura.
Otras veces, era una vasija repleta de miel de lechiguana que lograran en el bosque no sin grandes esfuerzos.
Para el pobre tuya no había más deseos que los de su nieto y, aunque a costa de grandes sacrificios, muchas veces, su mayor felicidad era complacerlo.
Valido de tanta condescendencia, el niño era un pequeño tlrano que no admitía peros ni réplicas a sus exigencias.
Sólo en presencia de sus padres que, compadecidos de la capacidad del abuelo, restringían sus pretensiones, Sagua-á se reprimía.
A medida que el tiempo transcurría, las fuerzas fueron abandonando al pobre viejo que ya no podía llegar hasta la orilla acompañando a pescar a su nieto, ni hasta el bosque a recoger dulces frutos o miel silvestre.
Pasaba la mayor parte de su tiempo sentado junto a la cabaña, haciendo algún trabajo que su poca vista le permitía: tejiendo cestos de fibras vegetales o puliendo madera dura que transformaba en flechas o en anzuelos para su nieto.
Sagua-á correteaba sin cesar, alejándose de la oga mí con cualquier pretexto y dejando solo y librado a sus pocas fuerzas al abuelo, que nada decía por no contrariar al niño ni privarlo de sus diversiones.
Cuando los padres regresaban, encontraban siempre a su hijo junto al abuelo, de modo que, confiados en que el niño no se movía de su lado, dejaban tranquilos la cabaña para cumplir su trabajo en el algodonal.
El anciano, por su parte, jamás había dicho una palabra que pudiera delatar al cuminí, ni intranquilizar a sus hijos.
Pero sucedió que un día, Sagua-á se detuvo más que de costumbre en sus correrías por el bosque con otros niños de su edad y al llegar Akitá y su tembirecó Mondorí a la cabaña, hallaron al abuelo que no había probado alimento por no haber tenido quien se lo alcanzara.
Sus piernas ya no le respondían y era incapaz de moverse sin la ayuda de otra persona.
Indignado Akitá quiso conocer el comporta-miento de su hijo en días anteriores, haciendo preguntas al abuelo; pero éste, pensando siempre en el nieto con benevolencia y cariño, contestó con evasivas, evitando acusarlo y encontrando en cambio disculpas que justificaron su alejamiento.
Cuando Sagua-á llegó corriendo y sofocado, tratando de adelantarse al arribo de sus padres, Akitá lo reprendió duramente, enrostrándole su mal proceder, su falta de piedad y de agradecimiento hacia el pobre abuelo que tanto le quería y que no había hecho otra cosa que complacerlo siempre.
Sagua-á nada respondió. Bajó la cabeza y su rostro adquirió una expresión de ira contenida.
En su interior no daba la razón a su padre sino que, por el contrario, juzgaba injusto su proceder. ¿Por qué él, sano y fuerte, que podía correr por el bosque, trepar, coger frutos y miel silvestre, o llegar a la costa, echar el anzuelo y pescar apetitosos peces, debía quedarse allí, quieto, junto a una persona inmóvil? ¿Acaso al abuelo, cuando podía caminar, no le gustaba acompañarlo en sus excursiones? ¿Qué culpa tenía él, ahora, de que no pudiera hacerlo? Y en último caso, si no podía caminar, que se quedara el abuelo en la cabaña, que él, por su parte, nada podía remediar quedándose también.
El tirano egoísta había aparecido en estas reflexiones, que si bien no exteriorizó con palabras, lo decían bien a las claras su ceño fruncido y su expresión airada que en ningún momento trató de disimular.
Desde entonces, varios días se quedó la madre en la cabaña. El padre iba solo a trabajar.
El abuelo se había agravado y ya no podía abandonar el lecho de ramas y de hojas de palma.
Era necesario atenderlo y alcanzarle los alimentos, pues él era incapaz de moverse por su voluntad.
Ese día muy temprano, cuando las estrellas aun brillaban en el cielo, Akitá salió a trabajar.
Su tembirecó iría algo más tarde pues era imprescindible su ayuda ese día. Sagua-á quedaría cuidando al abuelo.
Cuando despuntaba la aurora, Mondorí consideró que era hora de salir. Antes de hacerlo, despertó a su hijo que dormía profunda-mente.
El niño despertó de mala gana, refregándose los ojos con el dorso de sus manos.
Malhumorado al tener que dejar el lecho tan temprano, respondió irritado al llamado de la madre:
- iQué quieres! ¿No puedes dejarme dormir?
- No seas egoísta, Sagua-á. Tu abuelo no puede quedar solo y además es necesario atenderlo. Su enfermedad le impide moverse por su voluntad y es justo que se lo cuide. Tu padre y yo debemos trabajar y tu tienes la obligación de dedicarte al pobre abuelo enfermo.
- ¿Por qué tengo que atenderlo? -insistió iracundo. ¡Yo había decidido ir al río a pescar y por culpa de él debo quedarme acá como si estuviera prisionero! ¡Ya he preparado la igá y yo iré a pescar! ¡El abuelo no necesita nada!
-¡No seas malo, Sagua-á! Recuerda que tu abuelo fue siempre muy bueno contigo y que sólo bondades y mimos has recibido de él. Ahora te necesita, ¡es justo que le dediques tu atención! ¡Te prohíbo que te muevas de casa! ¡Ya irás a pescar cuando hayamos vuelto tu padre y yo!
-¿Exiges que me quede? Muy bien... ¡me quedaré! ¡Pero te aseguro que no me obligarán a hacerlo otra vez! -concluyó amenazante el despechado Sagua-á.
Triste se fue Mondorí al reconocer los sentimientos mezquinos que dominaban a su hijo.
Mientras iba caminando, pensó en Sagua-á cuando era pequeñito y recordó la bondad que albergaba entonces su corazón...
Con su manecita tierna acariciaba a los animalitos que se acercaban a la cabaña en busca de alimento y a los que era capaz de dar lo que él estaba comiendo... Y no olvidaba el día cuando, entre dos de sus deditos traía una florecilla silvestre cortada por él mismo que le entregó mirándola con expresión tan alegre y orgullosa como si le hubiera dado un tesoro...
¡Cómo había cambiado su hijo! ¡Qué malos sentimientos se habían apoderado de su alma! ¿Cuál sería la causa de este cambio?
Temió la madre por él. Tupá, el Dios que premiaba a los buenos, no dejaba sin castigo a los malos. ¿Qué tendría reservado para Sagua-á?
Dominada por tan tristes pensamientos hizo el camino hasta la plantación de algodón, donde su marido ya estaba trabajando desde temprano, y lamentó que la inminencia de la recolección no le hubiera permitido quedarse junto al abuelo enfermo. No tenía confianza en que Sagua-á le prestara la atención necesaria.
Mientrs tanto, allá, en la cabaña de la selva misionera, su triste presentimiento se cumplía.
Sagua-á obedeció a su madre: no se movió de la casa; pero se dedicó a arreglar sus útiles de pesca y a preparar los elementos que utilizaría al día siguiente cuando pudiera ir al río como él deseaba.
Del pobre abuelo ni se acordó siquiera.
En cierto momento oyó que lo llamaba con voy débil y entrecortada:
-¡Sagua-á...! ¡Sa... gua...á...!
Malhumorado el niño al verse molestado e interrumpido en su ocupación, de mala gana respondió:
- ¿Qué quieres? ¡Ya voy!
Pero ni se movió.
El anciano, mientras tanto, se debatía en su lecho con un desasosiego que crecía por momentos.
Sagua-á oyó que lo volvía a llamar:
- ¡Ven... Sa...gua...á...! ¡Ven... por... favor...!
Acudió por fin el niño de mala gana. Cuando estuvo junto al inimbé donde yacía el enfermo, airado volvió a preguntar:
- ¿Qué quieres?
- ¡Alcánzame un poco de agua...! Tengo sed... Mi vida se apaga...
- ¿Tu vida se apaga? ¿Se apaga como un cachimbo? - y continuó riendo divertido por la gracia que le habían hecho sus propias palabras.
-Sí... mi vida se apaga... como un pito güé... Alcánzame un poco de agua... Hazme ese favor...
Pero el desalmado, sólo pensaba en reír y repetía sin cesar:
-Pito güé... Pito güé...
El viejo, mientras tanto, llegados sus últimos momentos, con los labios resecos, vencido por una sed abrasadora, expiró.
Al mismo tiempo el niño, que asistía impasible a la escena, continuaba repitiendo las palabras que le habían hecho tanta gracia:
-Pito güé... Pito güé...
Nada le hizo pensar en la transformación que se producía en esos momentos en él.
Su cuerpo se achicaba, se achicaba más y más, cubriéndose de plumas de color pardo. Su cabeza, ya pequeñita, se alargaba y su boca se transformaba en un pico con el que hallaba cierta dificultad para seguir gritando:
-Pito güé... Pito güé...
Momentos después, en la cabaña, sobre su lecho de palma yacía exánime el anciano, mientras en un rincón, junto a la ventana, un pájaro de lomo pardo y pecho amarillo, que tenía una mancha blanca en la cabeza, no cesaba de repetir:
-Pito güé... Pito güé...
Era Sagua-á, que, castigado por su egoísmo y su mal proceder, fue transformado en ave por uno de los genios buenos que enviaba Tupá a la tierra. Ellos eran los encargados de premiar a los buenos y dar, a los malos, su merecido.
Cuando Akitá y Mondoví volvieron, encontraron al anciano muerto en su inimbé.
En el momento de entrar, un pájaro de plumaje pardo y amarillo voló pesadamente, saliendo de la habitación por la abertura de la puerta.
Una vez en el exterior, parado en una rama del jacarandá que crecía junto a la cabaña, no dejaba de gritar con tono lastimero:
-Pi.:.to güé... Pi...to güé... Pi...to güé...
Este, decían los guaraníes, había sido el origen de nuestro benteveo, al que ellos llamaban pito güé, imitando su grito, en el que creían ver reproducidas las palabras que causaran tanta gracia al pequeño egoísta cuando las oyó de labios del abuelo moribundo.

Referencias
El benteveo es un pájaro americano de treinta centímetros de longitud, más o menos.
Tiene el lomo y la cola de color pardo verdoso; la cabeza negra con dos listas blancas, que, partiendo del pico, adornan ambos lados de la cara; la garganta y parte del pecho son blancos; el resto de este último y el abdomen ostentan un color amarillo vivo, color que luce también en el copete, que termina en negro.
El pico, de color negro, lo mismo que las patas, es tan largo como la cabeza, terminado en un gancho bien pronunciado. Las alas, alargadas, llegan hasta la mitad de la cola, que es, asimismo, alargada y además cuadrada.
Aunque se alimenta también de lombrices y de otros gusanos, es animal insectívoro, causa por la cual difícilmente puede vivir en cautividad. Prefiere atrapar los insectos al vuelo, o bien de las ramas y de las hojas.
Construye su nido, grande, en forma esférica, con lanas, ramitas y paja, en horquetas o en las ramas de los árboles, colocándole la entrada al costado. Pone huevos de color amarillento con manchas parduscas.
Vive en lugares donde hay arboleda, generalmente cerca de las poblaciones.
Su vuelo es recio, alcanzando mayores alturas que otros pájaros.
Es muy valiente, capaz de hacer frente a algunas aves rapaces, de las que se defiende con valor y a las que obliga a alejarse de las cercanías de su nido, favoreciendo así a otras aves indefensas y hasta a las aves de corral.
Su grito agudo y prolongado, en el que algunos creen oír: benteveo, otros pitogüé, o bichofeo, pitaguá, quetubí, pitojuán y otros, es el que da origen al nombre que lleva y que varía según las diferentes regiones que habita.
En nuestro país vive desde Buenos Aires, San Luis y Mendoza hasta el límite norte, de Jujuy a Misiones. En algunos lugares se tiene la creencia que cuando el benteveo grita a mediodía, junto a una casa, avisa la llegada de gente inesperada: parientes, amigos o personas extrañas.
En otras partes atribuyen su grito cerca de una casa a un anuncio de nacimiento.

Esta leyenda fue extraída de la Biblioteca "Petaquita de Leyendas", de Azucena Carranza y Leonor M. Lorda Tomo XIX: URPILA (Torcaz)

Vocabulario
AKITÁ: Terrón
MONDORÍ: Cierta clase de abeja
TUYÁ: Anciano, viejo
PIRAYÚ: Dorado (pez)
PACÚ: Pez grande de agua dulce
PATÍ: Pez grande sin escamas
SURUBÍ: Especie de bagre grande
SAGUA-Á: Arisco
CUMINÍ: Niño
TEMBIRECÓ: Esposa
IGA: Canoa
INIMBÉ: Lecho
PITO GÜÉ: Cachimbo que fue
TUPÁ: Dios bueno
OGA MÍ: Casita

037. anonimo (guarani)