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sábado, 25 de agosto de 2012

La leyenda de la cueva de sa ma peluda

Todo empezó el día en que un pastor, buscando guarecerse del chaparrón que estaba cayendo, se metió en una cueva, allá por los pinares que desde Es Caló suben hacia La Mola. Era de noche, casi, y, tanteando por el interior del agujero, el muchacho recogió ramas y hojarasca con las que prendió una fogata para calentarse.
Allí dentro, al menos, no se mojaba uno. El viento helado no le alcanzaba y el fuego, poco a poco, iba secando sus ropas empapadas. Todo su bienestar cambió, sin embargo, cuando se dio la vuelta para secarse la espalda. El pastor se puso en pie de un brinco, mirando hacia dentro con los ojos desorbitados. A la oscilante claridad del fuego, una gigantesca mano, peluda y sucia de manchas de sangre reseca, parecía querer atraparle, avanzando desde el fondo de la cueva.
Olvidándose del frío, del viento y del aguacero, el mozo salió corriendo monte abajo, y no paró hasta llegar a su casa, donde, recuperada el habla, contó su particular visión del suceso.
Desde entonces, nadie se atrevió a entrar en la cueva. A lo más que llegaban era a asomarse a su boca, escrutando la oscuridad, hasta que entre-veían la manaza -sa mà peluda, abierta y ensangrentada, como queriendo atrapar al primero que traspusiera la entrada. La curiosidad se convertía en pánico y, generalmente, el camino de vuelta solía hacerse en bastante menos tiempo que el de ida.
El único que estaba en el secreto de todo aquello era un pescador de Es Caló a quien alguien había contado la historia de la misteriosa mano.
Fue años atrás, en uno de aquellos desembarcos de piratas que con tanta frecuencia se sucedían, aún, en Formentera. Los isleños repelieron a los moros como tenían por costumbre, es decir a garrotazos, pedradas y algún que otro tiro, hasta obligarles a reembarcar. Uno de ellos, sin embargo, malherido y renqueante, no pudo llegar a la nave y se guareció en aquella cueva. Se suponía que alguna cabra muerta debió servirle de alimento, ya que la piel del animal, ensangrentada y colgada de una cuerda, la encontraron un día en el interior de la gruta. Era, talmente, una mano enorme y cubierta de pelo.
Los moros eran incorregibles o debía ser mucha su necesidad puesto que, sabiendo lo poco que podían llevarse de la isla y cómo las gastaban los isleños, insistían aún en nuevas escaramuzas. En una de ellas por poco atrapan al pescador de Es Caló, que sólo tuvo tiempo de coger su caracola marina y salir corriendo, monte arriba, seguido por la chusma de moros, hasta llegar a la cueva.
Prendió fuego a unos matojos, ató una cuerda a la piel de cabra y la colgó frente a la entrada mientras, desde dentro, soplaba la caracola a pleno pulmón y, tirando de la cuerda, imprimía a la monstruosa «mano» unos espeluzantes movimientos.
La cueva debía parecer la antesala del infierno. Al menos eso debieron pensar los piratas que no esperaban encontrarse con aquella visión, ni con el fuego ni con el sonido del corn, semejante al bramido de cien condenados al fuego eterno.
El final de los moros, en las leyendas, es, casi siempre, de lo más desairado: echar a correr y reembarcarse, los que no caían en manos de sus soliviantados perseguidores. En esta ocasión, ocurrió igual.
El pescador los miraba correr, muerto de risa. Cuando, al fin, los perdió de vista, no tuvo ni que molestarse en desmontar su decorado. El fuego se había encargado de ello y de la piel de cabra, de la famosa má peluda, no quedaban más que las cenizas.
Las cenizas y el recuerdo, puesto que a aquella cueva, aunque muchos no sepan por qué, se la conoce, aún hoy, como sa cova de sa mà peluda.

Fuente: Gabriel Sabrafin

092. anonimo ( balear-formentera)

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