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miércoles, 29 de agosto de 2012

La isla ballena

Leyenda Navegaba San Macutes y varios clérigos en busca de una isla por el Atlántico, cuando se desencadenó un fuer­te temporal que hacía zozobrar el frágil navío, convertido en un juguete de las gigantescas olas y, averiada la débil embarcación, perdieron por completo el rumbo quedando a la deriva y desorientados durante varios días de navegación.
Pudo al fin repararse la nave mas, perdida la esperanza de encontrar la isla que buscaban, con gran desolación decidieron volver a la península.
Llegó el día de la Pascua, que tuvieron que pasar en el océano, y amaneció claro y despejado. Todos los tripulantes se hallaban en cubierta contemplando el limpio horizonte, cuando divisaron en la lejanía una pequéfia isla. Clamando con gran júbilo se dirigieron hacia ella con la idea de celebrar allí la solemne festividad religiosa. Luego de descansar y libres del mareo de la nave, dirían misa en aquel sitio providencial y durante toda la jornada cebra­rían la solemnidad:
A todos les pareció bien y, decididos a poner en prácti­ca aquella idea, arribaron a la isla, desembarcando, y pre­parando rápidamente lo imprescin-dible para la celebración del sacrificio.
Oficiaba el obispo San Matutes, y los demás hermanos cantaban las oraciones de la misa con sentida y profun d emotividad con sus cristianos corazones llenos de felicidad y gratitud hacia el Señor que les haba enviado aquella providencial bendición, inmersos por com-pleto en mo­mento tan glorioso y trascendente.
Al llegar al Padrenuestro, de súbito, inesperadamente, sintieron una conmoción bajo las plantas de sus pies, algo muy parecido al agitarse de la tierra acompañado todo ello de violentas sacudidas. Alarmados, pensaron de inmediato en algún terremoto, y de un instante a otro esperaban que se agrietase la tierra y acabara por engullirlos.
Pero al poco se dieron cuenta de que aquel extraño fenómeno del que estaban siendo testigos nada tenía que ver con un terremoto ni con cualquier otra clase de acci­dente natural, llegando finalmente a la acertada conclusión de que lo que habían tomado por una isla era un ser vivo, una engrille ballena de las que habitaban en los abismos.
Tenía tan gigantescas dimensiones, no obstante, que todos ellos la habían tomado, sin dudarlo, por un pedazo de tierra.
Horrorizados, al darse cuenta de que se encontraban sobre un animal, gritaban prisioneros del pánico. Algunos se tiraron al agua y luchaban desesperadamente contra las enormes olas, y ya se supo-nían devorados de un momento a otro por el tremendo monstruo marino.
San Macutes continuó con serenidad celebrando la misa después de exhortar a sus compañeros a que tuviesen calma y confiaran en Dios, que los salvaría del mismo modo que salvó a Jonás del vientre de la ballena, en donde estuvo tres días con sus respectivas noches y luego salió perfectamente ileso por la gracia divina.
El santo Obispo pidió con gran fe al Señor que dejara inmóvil a la bestia hasta que la congregación de los her manos hubiese podido embarcar.

Fue escuchado por Dios misericordioso, que acogió benigno las súplicas de su siervo devoto, dejando inmóvil al gigantesco monstruo de los mares, como una roca en medio del océano, mientras San Macutes embarcaba a los hermanos que, alabando al Creador por el milagro, veían a lo lejos ya el animal, que permanecía quieto como un monte, y no permitió el Padre Celestial que se moviera hasta que no estuvieron seguros desembarcados en tierra.

105 anonimo (galicia)

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