Translate

sábado, 25 de agosto de 2012

El encantamiento de la princesa

Vivía en Asturias, en la localidad de Tereños, un rey con una hija cuya mano se disputaban cuantos príncipes contemplaban su hermosura. La princesa, que estaba ena­morada de un conde, sostenía tenazmente su actitud de rechazar las brillantes proposiciones de matrimonio,que se le brindaban. Día tras día, su padre, el rey, trataba de hacerle comprender con cariño y suavidad lo conveniente de un enlace que fuera digno de ella y la tranquilidad que para él supondría el verla bien casada.
La princesa, a pesar de sus pocos años, no fue fácil de convencer. Estaba decidida a casarse por amor; y a ningu­no de cuantos príncipes la habían solicitado por esposa consideraba digno de su afecto. Así pasaron los meses sin que nadie lograra disuadirla en sentido contrario. El rey se sentía envejecer por momentos y deseaba cada vez con más angustia un heredero del trono.
Viendo que por los caminos de la buena voluntad y la persuasión no podría nada contra la férrea tenacidad de su joven hija, se decidió por tomar una actitud mas enérgica; la mandó llamar a su presencia y con gesto grave le orde­nó que eligiese, en el plazo de unos días, entre los prínci­pes que habían solicitado su mano, si no quería exponerse a un severo castigo. La princesa no se inmutó ante tales palabras, y con la misma serenidad de siempre le hizo saber que su decisión era demasiado firme para dejarse doblegar, y que persistía en su idea de casarse con el con­de y que, en caso de que no se lo permitiese, no tendría el menor inconveniente en quedar soltera.
Comprendió el rey que las cosas estaban prácticamente como al principio. Pero lo cierto es que tampoco se encon­traba dispuesto a permitir que aquella jovencita rebelde se saliera con la suya tan fácilmente, por lo cual, optó por aplicarle un castigo ejemplar, seguro de que ya ninguna buena razón podía influir en el ánimo de la testaruda prin­cesa.
Así, pues, la invitó a dar un paseo en carroza, mas sin comunicarle sus proyectos, y la condujo hasta el campo de la Perola donde abríase una famosa cueva encantada de la que el pueblo refería cosas extraordinarias; decían de ella que su interior comunicaba con el infierno, y que el demo­nio cuando venía al mundo a tentar a los hombres, salía por ella. Lo cierto era que aquella cueva exhalaba un tre, mendo olor a azufre que hacía volar la imaginación hacia toda clase de sucesos diabólicos.
El carruaje del rey paró en la misma entrada de la gruta y descendieron de él la princesa y el monarca. Mientras ella miraba curiosamente a su alrededor, su padre, mirán­dola con fijeza, la condujo para que, en castigo a su desobediencia, se convirtiese en culebra y viviera por siempre en la oscuridad de aquella terrible cueva por la que se suponía transitaba el diablo. Y añadió que sólo se desharía el hechizo en el caso de que un hombre le diera tres besos en la lengua.
Al instante, la rubia y frágil belleza de la princesa desa­pareció y en su lugar contempló el rey la ondulante y vis­cosa forma de una culebra monstruosa que se deslizó hacia el interior de la gruta.
Satisfecho al ver cumplido así su castigo, volvió el monarca a palacio; pero he aquí qüe, entretanto, un pastorcillo que apacentaba su ganado por aquellos contornos y que había presenciado y oído lo que allí acababa de suce­der, se dirigió a la cueva y, venciendo su natural repugnan­cia, cogió la culebra y sujetándole la cabeza le dio tres besos en la lengua.
El conjuro quedó deshecho y la princesita recobró su maravillosa forma humana. Agradecida al pastor, aceptó su demanda de matrimonio, y dicen que se quisieron mucho y vivieron felices el resto de sus días alejados del palacio del rey.

100. anonimo (asturias)

No hay comentarios:

Publicar un comentario